Archivo de la categoría: Rescatando palabras

Estregarse con estropajo

Qué hermoso par de palabras estas: estregar y estropajo. Con ellas le doy vida a la categoría “Rescatando palabras”, que hace tiempo no actualizaba. “Estréguese bien esa carroña”, decía mi madre, no porque la tuviera (carroña), sino porque eran palabras que acentaban su autoridad. “Ahí hay estropajo, pa’ que se bañe bien”, remataba ella con dulzura ausente. Ante tal tejido natural mi piel era arrancada de mi cuerpo una vez estregado con esta especie de esqueleto de pepino. Su maraña interna llevaba la piel de mi familia y nos hacía uno.

Al museo urbano de objetos olvidados pueden incluir el estropajo, que aún se cultiva, se vende y se usa. Aún hay almas con piel que compran estropajo en mercados callejeros y lo cuelgan en la ducha para recordar que debemos librarnos de toda suciedad y de toda maldad. Bienaventurado aquel que no conoce el estropajo, porque de tal será la sorpresa al conocerlo.

Rescatando palabras:

  • Estregar.
  • Estropajo.
  • Carroña.
Anuncios

Échele el macho a la puerta

¿Ya trancó la puerta? ¿Le echó aldaba? ¡Échele macho a la puerta que uno no sabe!

Lo normal sería que cerráramos la puerta simplemente y no tener que comprar chapas de seguridad, con llaves de cuatro ángulos, con varillas que atraviesan la puerta, con ‘ojos mágicos’ que ‘pistean’ al sospechoso. Lo normal sería que las ventanas tuvieran su puerta o su vidrio o solo su cortina, y no tener rejas reforzadas con complejos diseños de líneas forjadas para disimular el claustro que significan.

Lo normal sería dejar las puertas abiertas en el día para que la casa se airée, se ventile y bote los sudores nocturnos, la ropa se seque rápido y las habitaciones tengan su propio baño de aire.

Lo normal sería no vivir con la paranoia simbolizada en materiales de resistencia blindada, en chapas que se multiplican en el borde de la puerta, en adhesivos que previenen alarma, en llaves que dan cinco vueltas antes de darnos la bienvenida.

Eso sería lo normal…

aldaba.
(Del ár. hisp. a??abba, y este del ár. clás. ?abbah, literalmente, ‘lagarta’, por su forma, en origen semejante a la de este reptil).
1. f. Pieza de hierro o bronce que se pone a las puertas para llamar golpeando con ella.
2. f. Pieza, ordinariamente de hierro y de varias hechuras, fija en la pared para atar de ella una caballería.
3. f. Barreta de metal o travesaño de madera con que se aseguran, después de cerrados, los postigos o puertas.

www.rae.es

Comentario de Alberto Mejía Vélez:
Nací con las puertas y las ventanas abiertas, cuando el aire ayudaba a las cortinas a hacer contordiones con su entrada libremente en el hogar. Las puertas servían de adorno al frente y sendero de los amigos y las ventanas los ojos para mirar al cielo. ¡Hoy todo está cerrado hasta el amor!

Quimbas a $10.000 en Salento

Sandalias, chanclas, arrastraderas, quimbas, alpargatas. Calzado para ellas. Para las de juanete, las de juanetillo, las de dedos abiertos o pies lindos. Para las de callo en su planta, las de ampolla en el tobillo. Para las de pies curtidos, las de impecables pieles. Para todas, mis señoras, sandalias a $10.000 pesos en Salento, Quiendío. De las siguientes entradas rescato “quimba”, que es como llama mi abuela a su calzado bajito.

alpargata.

(De ár. hisp. alparḡát, pl. de párḡa; cf. abarca).

1. f. Calzado de lona con suela de esparto o cáñamo, que se asegura por simple ajuste o con cintas.

sandalia.

(Del lat. sandalĭum, y este del gr. σανδάλιον).

1. f. Calzado compuesto de una suela que se asegura con correas o cintas.

2. f. Zapato ligero y muy abierto, usado en tiempo de calor.

quimba.

1. f. Col. Especie de calzado rústico.

chancla.

(Cf. chanca1).

1. f. Zapato viejo cuyo talón está ya caído y aplastado por el mucho uso.

2. f. chancleta (calzado que suele usarse dentro de casa).

Real Academia Española © Todos los derechos reservados

Se arregla la de-presión / La olla atómica

Las palabras van de acuerdo a los tiempos. En los setentas esta olla que ven en la imagen era bautizada como la OLLA ATÓMICA. Era la época de la Hormiga Atómica, de la guerra fría y la amenaza de la bomba atómica. Se imagina uno que los caldos que dentro de dicha olla se cocinan, son verdes, gelatinosos y radioactivos, veneno para el cuerpo, residuos de la materia, humus apestoso. Y nada, allí se hacen muy buenos sancochos, sudaos rápidos cuando se está de afán, papas cocidas para acompañar el pollo y demás. Y el término que usan las señoras para comenzar a cocinar es “Voy a LEVANTAR un sudao rapidito”.

Hoy en día, consecuente con la época, las presiones y acosos laborales, esta olla es llamada la OLLA A PRESIÓN y en ella se “levantan” los mismos y cotidianos platos de la cocina criolla. Un buen invento. Pero ojo, no la ponga en alto, póngala en medio o en bajo. O como dicen en mi casa materna… “póngame la olla en LON. Siempre creí que LON era una baja temperatura hasta que entendí y corregí que se decía LOU (LOW). Montañero que es uno.

San Pedro de los Milagros. Subregión Norte de Antioquia.

Los cajones de rebujo

Confieso que corregí el término rebujo desde hace años, de boca de Viviana, una alumna de Diseño Gráfico. Dicha palabrita -mal pronunciada- la tenía posicionada en mi cabeza de boca de mi mamá y de cantaleta de mi abuela, con el tema del cajón donde guardaba la ropa de niño.

Se trataba de un chifonier donde en los cajones dos y tres -de arriba hacia abajo-, guardaba mi ropa doblada con celo compulsivo, animado diariamente por mi madre que me decía: “Mario, hágamel favor y arregla ese reblujo (sic), que hasta culebras deben haber ahí”. La ropa podría estar bien doblada, pero si me ponía de contestón, el castigo era inmediato: trapear el piso o arreglar la ropa del cajón. Ni hablar del protocolo para doblar las medias, ese se los cuento después con imágenes.

Hoy en día, este eterno mozuelo que revela sus intimidades, aún no ha podido con el orden en los cajones, por lo menos no con el cajón de la mesita de noche. Pero ahí va mi pregunta… ¿Quién es capaz de mantener el cajón de la mesita de noche ordenado?

Los cajones de la mesita de noche son el refugio temporal y a veces sempiterno de colgandejos, bisutería, el vipaporrú, recibos de caja, pilas malas, un celular -otrora panela-, cartas viejas, sobres sin nada, centavos de Dólar, modenas oxidadas, un Dólex vencido, tres manos libres para celular -varias marcas-, cidís, un casete de tangos de marca Maxell, gotas de niansesabe, cargadores de batería para celular, un librito de oraciones, tres bolígrafos –merchandising-, dos bolígrafos secos, un envoltura de confite, un confite derretido y un listado particularizado de más carajadas.

Aclaro que el listado anterior, no corresponde al cajón de mi mesa de noche, sino, que es producto de la ficción de este tecleador amigo, como recurso para causar curiosidad en el lector e invitarle así, a que verifique su propio cajón y haga inventario, para nada modesto, del rebujo allí dentro. Se atreven a escribirme? ¿alguna foto?

Palabras para rescatar: chifonier, rebujo.

Casas selladas por el tiempo

Ya no tocan la puerta, ya no se sientan los niños en el quicio de la puerta y el alar no alcanza para formar cortinas de agua cuando llueve. Ya nadie abre y se asoma por el pestillo.

Ya la piedra que trancaba la puerta no volvió a trabajar en esa casa. Ya la aldaba no suena pegando en la madera. Ya no hay que trancar el portón ni echarle llave para dormir tranquilos. No se volvieron a lavar cortinas, ni se asoma ya la que daba limosnas. Ya la manigua está creciendo y la madera esta muriendo. Ya se fueron los que allí vivían.

Dos de entre muchas casas del sector de Niquitao en Medellín, un sector que conecta con el barrio San Diego. Zona actualmente en transformación debido a la construcción de la institución educativa San Lorenzo, nombre del cementerio ya clausurado. Sus calles están cambiando, sus fachadas y quizás su gente.

Aunque aún es visible el comercio de droga y el consumo de la misma en el sector.

Palabras para rescatar: Quicio, aldaba, pestillo

Una cortina bajo el alar de Jericó

Cometí la burrada junto con mi esposa de ir a Jericó sin reserva hotelera, pero qué iba a saber yo la demanda turística que este municipio de Antioquia tenía. Súmele además de nuestra llegada en moto, un dilatado aguacero que intentaba expulsarnos. El caso es que logramos encontrar pernoctada.

Pero ese aguacero también me permitió ver una escena repetida en cada cuadra de aquel municipio. Todas las aceras de Jericó estaban limitadas hacia la calle, por una bella cortina de gotas de agua hiladas todas por invisibles hilos de plata. Eran hilos seguidos de otros con sus gotas enhebradas, separadas cada tanto con igual distancia. Estas cortinas eran el producto de la lluvia que bajaba por el alar de las casas, que intrépidas ellas, no temían el salto para luego formar ríos callejeros.

El alar de esta foto es de una de las construcciones de Tutucán en Rionegro. Una simulación de pueblito paisa con actores permanentes.