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Recuerdos de la 'Señorita' Luz, maestra jubilada

Aquí van cuatro recuerdos, pero si usted se pone a conversar con ella, se queda todo el día coleccionando historias. Relatos de Luz Tangarife, maestra jubilada de Amagá.

1.

Luz, acostumbraba a pararse como se paran las muñequitas de ballet, aunque su estatura no es la apropiada para esta disciplina. Maestra del magisterio antioqueño, Luz se paraba con la mano izquierda en la cintura, pero con los dedos apuntando hacia afuera, es decir, más elegante aún. Un alumno de su clase, allá en el 67, quedó perplejo ante el gran parecido que tenía la “Señorita Luz”, con una muñequita propiedad de su mamá. Esa semana, el niño el repetía insistentemente que eran “igualiticas”; hasta que cierto día, martes o jueves, pudo ser cualquiera, el niño se le acercó a la “Seño” con un regalo: la muñequita de la mamá, traída y autorizada como premio ante tal semejanza. Luz, conserva hoy el regalo de este pequeñuelo que hasta cuarentón será hoy día.

2.

Algún día, otro pequeño de la clase le hizo un regalo a Luz Tangarife, maestra de la Institución Educativa Pedro Estrada, se trataba de un labial usado de un rojo estridente. El niño insistía en que la “Seño” se aplicara el labial: “Profe, écheselo pues”. Luz, cogió el “zoquito” de labial usado y ante la insistencia del pequeño aprendiz, se lo aplicó como acostumbran las mujeres: labio inferior y un beso que parece amasada labial. Al salir a recorrer los pasillos de la Institución, Luz fue abordada por sus compañeras de labor y exhortada a quitarse semejante pinta de labio, que más que parecer mujer vanidosa, reflejaba el ser de otro oficio: “quitate eso querida que parecés una puta con ese color”.

3.

“Para los niños de aquella época, la maestra era algo sagrado, y en el Día del Maestro uno llegaba a la casa pero con bolsadas de regalos”, relata Luz, evocando a su Amagá del alma. Algún día fue sorprendida por un regalo en particular, al llegar a casa y desempacar, se encontró con un casete de música infantil, uno para niñas, según la apariencia externa; un casete rosado, empantanado y sin cinta qué escuchar”. No eran maldades que le hacían a Luz, eran regalos de verdad entregados por niños de primero de primaria. Ellos, en su inocencia entregaban lo que para ellos representaba alguna dádiva sentida.

4.

Al llegar a las siete de la mañana a trabajar, Luz fue abordada por un niño de cinco años, estudiante de preescolar e hijo de una de las cocineras del restaurante escolar. Al abordarla, el niño le pregunta: “Profe, ¿a usted le gusta el huevo cocinado?”, “Me encanta, mijo, me fascina”. Pocos minutos después, una vez instalados en clase, el niño se le acerca y le dice a la Profe: “Abra la mano”. Extendida la mano, un huevo cocido, sin cáscara y con la esfera destruida fue sacado del bolsillo derecho del pequeño bluyín y le fue entregado a Luz como un detalle de cariño.

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A Múnera

Memo, déjame escribir mi agradecimiento en carta sencilla, romperla, botarla… esperar que me la encuentre de nuevo, armarla y obsequiártela. Allí estarán mis gracias.

José Guillermo Ánjel R. | Medellín | Publicado el 12 de noviembre de 2011 en El Colombiano.

Conversado Carlos Mario, he leído su libro El coleccionista de cartas, que es un libro escrito por usted y por muchos otros. Esos otros, anónimos, dejaron un rastro escrito en muchos sitios de la ciudad: papeles con diversos textos, dibujos, distintos tipos de renglón y caligrafías que van del trazo inocente a la firmeza motriz. Hojitas dobladas, arrugadas, partidas en trocitos, manchadas por la lluvia o la basura que les cayó encima. Un grafólogo encontraría muchas historias allí. Un psicólogo avezado, también. Y los lectores topamos con un mundo urbano que da cuenta de sentimientos varios, desde el amor hasta la más inmensa tristeza. Son increíbles los rastros que dejamos de nosotros mismos. Y más increíble es que alguien siga esos rastros y los clasifique para, en esa clasificación, generar una fuente de historias urbanas mínimas que tienen que ver con lo cotidiano, con el sentir de un momento y con lo que eleva la estima o la rebaja. Lo ser.

Charles Baudelaire creó el concepto de flaneur, ese personaje que se recorre la ciudad para mirarla, entenderla, sentirla y, de esta manera encontrarse en ella. Las ciudades (en un mundo urbanizado), son el nuevo espacio. Anteriormente, se buscaba la razón de algo en la naturaleza y en los eventos variables que ella producía. Hoy la naturaleza, cada vez más lejana y desconocida (no la sabemos nombrar, hemos olvidado los nombres que la significan), está siendo reemplazada por la técnica, las construcciones y la virtualidad. Pero en ese espacio urbano, fluyen los hombres y mujeres con sus pequeños sueños y frustraciones, con sus palabras cortas o mal interpretadas, con sus cuadernos y libretas y esa necesidad de expresarse frente a otro y lo otro. Lo estar.

En estas ciudades nuestras tan peligrosas (lo que evidencia el fracaso de la convivencia y de la racionalidad), producto de la corrupción y del estado intenso de naturaleza (el yo enfermo y delirante), una carta de amor, una de admiración, una cuenta hecha para comprar algo, un reclamo escrito, un sueño con dibujos, implican que todavía hay burbujas de humanidad y dignidad. Y esto es lo valioso de su trabajo, Carlos Mario, que en su recorrido por la ciudad (a punto de perderse) recogiendo trozos de cartas, boletas y apuntes abandonados o simplemente tirados a la calle en calidad de basura, haya encontrado mensajes que nos conmueven y confronten, que nos dejen reconocer a otro y darle un sitio entre las calles repletas y el hacinamiento constructivo. ¿Resistencia?

Carlos Mario Múnera, productor de televisión con estudios en diseño gráfico y periodismo. Su crónica de ciudad la publicó la editorial de la UPB. Es una historia de lo público y lo privado, que demuestra que una ciudad no es lo que parece y muestra sino lo que pasa en ella, que es lo esencial. Así no queramos.

La Tartana de Don Cuco – Alexánder Cuervo

John Alexánder Cuervo López, primer lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma, Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín, 15 de abril de 2011

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: “Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado”. Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la “concorgaña del gutiplin”, cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: “¡Uy qué nave!”.

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro “Don Cuco, regálenos una moneita”.

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco” en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los “chirifrostis” y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.

A Rafael le falta un tornillo

Hoy, mi invitado es Rafael García Zuluaga, autor del libro ¡Te falta un tornillo!, a quien la vida nos puso en el camino en el momento justo. Su trabajo es espectacular y quien ve sus obras en vivo, queda conquistado por su alma y su visión particular. Los dejo con la nota de Natalia Estefanía.

ESTE DISEÑADOR GRÁFICO cree que la realidad y la fantasía son una misma cosa, lo que se puede ver en su libro ¡Te falta un tornillo!, un álbum ilustrado creado a partir de piezas de ferretería.

Natalia Estefanía Botero | Medellín | Publicado el 1 de agosto de 2011 en ElColombiano.com / Fotos de Rafael García y Tatiana Melo

Es por esa manía de observarlo todo, pero no con sus ojos, sino desde ese mundo de la imaginación que habita, que Rafael García Vergara, vio un pequeño personaje en un macho para manguera. Aún no sabe para qué funciona, poco importa. Su mente va más allá de la funcionalidad de un objeto.

Al macho le atornilló un cuerpo y le pegó unos brazos, que le permitieron crear a Rafael, un alter ego fotoilustrado, el personaje principal de su libro ¡Te falta un tornillo!, en el que reafirma, a través de un relato sencillo, que la realidad y la fantasía son lo mismo.

Él lo ve clarísimo, en especial cuando un par de serruchos se alinean en el justo ángulo:

-“¡Mamá, mamá!, un ejército de dientes me quiere comer, dice Rafael.

-¡Qué disparates dices, mi amor, ¡Te falta un tornillo!”.

Nada es literal en su ilustración. Todo alude. Todo, porque este pequeño, como el mismo Rafael, ve cosas donde otros observan lo mismo, sin sorprenderse. “A veces creo que solo tengo un sentido, la vista y los otros se subyugan a éste”, dice.

Para este libro se pasó seis meses recorriendo ferreterías. Un cable largo blanco es el cuerpo de un caracol y un plafón de electricidad es la nariz de un marrano. Los serruchos arman las fauces de un cocodrilo y los tornillos son la melena de un sonriente león.

Aunque no hay que describirlo, es que todo en su trabajo es simple, pero a la vez profundo.

Sonríe cuando los niños ven su trabajo, ellos entienden al instante, como también terminan por hacerlo los adultos. Y les queda esa manía de cazar rostros en piedras gigantes al lado de los ríos, o de ver vacas o leones, colgados en rejillas de ferreterías.

Por eso será que “no me gusta tomar fotos a lo que respire”, añade con una sonrisa.

Su trabajo está en los objetos, los que bajo su mirada, simplemente revela su lado vivo. Un papel de lija en sus manos es el espacio infinito, esa zona profunda, donde están las galaxias del universo.

Siempre ha sido así, cuenta. De allí ha desarrollado su habilidad para contar historias gráficas, que recrea con técnicas mixtas. En especial, esas que son propias, que van a un ritmo distinto de su trabajo como diseñador para varias empresas de la ciudad.

Cada vez quiere dedicarle más tiempo a sus proyectos editoriales. Por ahora, batalló para sacar ¡Te falta un tornillo! , en pasta dura y a un precio módico para un libro con tanto proceso. Él cree que lo ameritaba.

Con ello lo puso a competir con otros de afuera. Algunas de las imágenes fueron seleccionadas para el Primer Catálogo Iberoamericano de Ilustración, en México.

Aspira a que sus textos hagan parte de talleres de lectura para niños. La idea es contar, pero también reflexionar, a partir de lo que más le gusta, ese malabar de imágenes que no siempre parecen lo que son. / Fin de la nota /

A quien esté interesado en contactar a Rafael o en comprar su libro, comuníquese al 314 728 9604 / rgarcia02@hotmail.com

"Tengo amores con Fabiola, con Teresa y con Raquel", Leonel Ospina

Criado como fui, a la escucha de Cómo amaneció Medellín, Buenos días Antioquia, programas radiales llenos de costumbrismo narrativo y música guasca y montañera, es una alegría presentar un extracto del libro “Los Hijos del Pueblo, Amagá… ¡Un paseo por el cielo!”, de Mario de J. Montoya Cortés, que recopila la memoria del municipio de Amagá, de una manera personal. Se trata de un texto de 372 páginas con amplia información del municipio, producto de una investigación de tres años y un trabajo de observación y escucha de toda una vida. Del libro hablaremos en una próxima oportunidad, para dejarles la historia de Leonel Ospina, cantautor de música popular. Una excelente oportunidad para preservar la memoria rural de Colombia.

Leonel Ospina. Por: Mario de J. Montoya Cortés.
Foto facilitada por el club de fotografía el Poncherazo, de Amagá.

Fue para Antioquia lo que Guillermo Buitrago para toda la costa y ambos para Colombia: los más grandes, mejores y célebres cantores de música decembrina y parrandera, cuyas canciones sonarán eternamente. Leonel, uno de los más virtuosos para rasguear una guitarra, tuvo sus momentos de gloria en las décadas de los cincuenta, sesenta y tal vez a comienzo de los setenta, cuando sus canciones se inmortalizaron con el tiempo: María Teresa, El Jardinero, Ya nació el niño y muchísimas más, que al igual que, El año viejo, del gran compositor Crescencio Salcedo, en cien años todavía estarán escuchándose con las melodiosas voces de Ospina y Tony Camargo y por sus hermosos mensajes navideños.

Estando en la cima de su carrera artística y viviendo en Méjico, su vida comenzó a llenarse de sombras por su bohemia melancólica, la dulzura de unos labios femeninos y el juguetón requiebre de unas caderas seductoras que lo llevaron a la perdición, hasta quedar en las lamentables condiciones que mucho amagaseño conoce.

Desde el comienzo de esta obra estuve tratando de encontrarlo, hasta que el martes 22 de julio de 2008, a las ocho de la mañana, me parqueé en el edificio Coltejer, yendo y viniendo desde la avenida Oriental hasta la carrera Junín y viceversa, añorando la lámpara de Diógenes, no para encontrar un hombre en medio de tantos que se confunden en la multitud, sino a un gran cantante de voz ya apagada y decidido a contactar a un jardinero que llevó “{…} a doña Enriqueta, un ramillete de fresquísimas violetas”, que pregonaba que tuvo “{…} amores con Fabiola, con Teresa y con Raquel{…} con Lucía, con Lucrecia y con Jahel”. Hasta que a las 11:45 vi venir a un hombre anciano con un sucio morral sobre su espalda enjuta y corcovada, con cabeza gacha, mirada perdida y brazos entrelazados atrás, de lerdo caminar “como perdonando al tiempo”, en palabras de Piero, o desafiando al viento o enfrentando al olvido y la soledad, según su destino y sin importarle quién pasaba a su lado o quién sabía de su gloria. Lo abordé con idolatría y respeto con el ánimo de conocer más de su pasado glorioso, por tratarse de uno de los más grandes y sobresalientes hijos del pueblo que orgulloso lo vio nacer y cantar como un zorzal.

No fue la primera vez que se veían la gloria, la música, el arte y la agonía caminando juntos, yendo por el mundo sin rumbo fijo. Vagabundeando errantes sin tener dónde quedarse o a dónde irse… y sin con qué. Sólo basta recordar al gran Gauguin, quien en su elucubrante bohemia cambiaba sus obras por licor, y al maestro Crescencio Salcedo, que murió solo y tristemente abandonado, pero dignificando su nombre vendiendo flautas en Junín con la Playa. Pero este gran cantante que conoció la hipocresía de las felicitaciones cuando era internacionalmente famoso –que no supo administrar sus quince minutos de gloria– es un hombre que sobrevive por sí mismo. Cuando el anfitrión se demora en invitarlo a un almuerzo, pide como aquel sabio cautivante y cínico de la lámpara nacido en Sinope: “Te pido para mi comida, no para mi entierro”,

Esta frase, melancólica y triste, satíricamente lanzada por un genio, podría transferírsele a los poderes del estado y a la sociedad que demoran para arropar, proteger y tener a alguien que fue gran patrimonio nacional, en lugar de pasar asqueados, arrogantes, desafiantes y fríos por su lado, tal vez esperando su entierro para hacerle algunos discursillos hipócritas lamentando “tan irreparable pérdida para la patria, de un virtuoso de la música, la guitarra y el canto”, y vendrán todas las emisoras a rescatar su música archivada, poniéndola a sonar todo el día. Y las disqueras aprovecharán “los momentos de angustia y de dolor” para hacer una recopilación de sus mejores canciones como “homenaje póstumo a su recuerdo”. Mientras que el filósofo odiaba el poder, la cultura, la sociedad y la riqueza, viviendo en un tonel, el cantante vive en un túnel sin verse la luz en su final, tal vez añorando que el poder, la cultura, la sociedad y la riqueza se acuerden de él.

Cuando intenté asomarme a la intimidad de sus silencios, sólo recibí respuestas vagas e incoherentes que no le dirían nada a la posteridad, y en su monologar sin sentido, a veces tuvo destellos de lucidez, recordando que empezó a cantar cuando escuchó la canción Los Ciclistas, y a sus intérpretes, Los Trovadores del Recuerdo. Hasta me cantó sus primeros versos todavía con el timbre de su melodiosa y afinada voz, pero ya melancólica y cansada. Y esos destellos de breve luz se vuelven sombras nuevamente cuando dice que va a volver a cantar y a subirse a los escenarios, y no se cansa de repetir: “es que me tienen envidia”, porque considera que fue superior a Belisario y a Carlos Julio Ramírez e igualado sólo por Los Panchos. mientras tanto va esculcando en su morral, sin saber qué buscaba realmente. Primero saca una hoja con los rostros y nombres de algunos presidentes a quienes les cantó, que de seguro lo hizo cuando “era importante”, pero que ahora “me sacan el cuerpo” según dice. Luego me ofrece en venta un libro grande de antónimos y sinónimos inglés, español, “para que saque de ahí todos mis datos, porque en él está contada toda mi vida”.

Durante el encuentro que fue cordial y reconfortante para mí, sospeché que sí puede hilar con exactitud y rigor sus historias, y con sutileza indígena las niega o las transforma, porque siempre habla de dinero o de que muchos se han aprovechado de él para explotarlo y además, “porque quiero un libro sólo para mí, que sólo se hable de mí”, a lo que trato de explicarle que mi intención es la de hacer conocer por las nuevas generaciones, a las personas que por uno u otro motivo se hayan destacado en cualquier actividad que merezca contarse, y que él es para mí, uno de los más sobresalientes hijos del pueblo.

Este hombre que fue muy famoso, no produjo en mí, lástima o compasión, sino rabia, dolor y rebeldía por la crueldad de un destino buscado pero no merecido, porque es uno de los grandes que el tiempo inmortalizará. Aquellos a quienes invade el delirio y la nostalgia de la persecución de la fama, siendo una de tantas viejas glorias que abusó de ella cuando estaban en el pico más alto, sin avizorar que el paso de los años no tiene piedad con nadie, ni aún con los ídolos, derrumbados por la misma fragilidad con que fueron idolatrados. y Leonel –con su ropaje de pastor–, es el mismo hombre de elegantísima figura y de gran apariencia física, limpio y pulcro como fue, que cambiaba de vestido dos veces al día y que enloquecía a las mujeres, cuyos rasgos finos aún se advierten en su rostro avejentado, aparentando más de sus setenta años, de mirada vaga y aspecto descuidado, habiéndose casado con una hermosa mujer de familia adinerada. Para atajar lágrimas de rabia cuando escribo esto, me solazo escuchando una de sus tantas interpretaciones, que muchos no conocen y que recomiendo sobre todo a los jóvenes para que degusten cómo se pulsa una guitarra con su deliciosa cadencia y cómo canta un ruiseñor:

“Ay qué modas, qué moditas, que está usando la mujer  / de tantas que están llegando, no saben cuál escoger (bis). Por ahí andan por la calle caminando tongoniao  / con la espalda destapada y el ombliguito pelao (coro) Qué moditas, qué modas, esto me tiene aterrao / señoritas y señoras con el ombligo pelao (bis). La moda del ombliguito este año si se metió /  la minifalda y la maxi con él si se cayó (bis). Ya sean bonitas o feas, caminan de medio lao / y para que más suframos, andan con él destapao (coro–bis)”.

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Medellín ¡cómo estás de pispa, querida!

Por Mario de J. Montoya Cortés, Exalcalde de Jardín. Escrito el 27 de octubre de 2010 con ocasión de los 335 años de Medellín

Miles de personas han exclamado ¡Medellín, cómo te ves de linda, de noche! No es solo por pispa y linda, sino por la grandeza de tu presente y pasado, por el futuro que podrán vislumbrar los niños y jóvenes que hoy te honran y juegan a ser grandes.

De día eres malgeniada, correlona, tumultuosa y enrarecida por la contaminación, al atardecer eres agitada, impetuosa, arrebolada y querendona, mientras las esteras van extendiéndose para el encuentro con el amor. De noche eres una hermosa dama que a todos emboba: excitante, desinhibida y juguetona.

Eres fascinación misteriosa, pujanza, raro encanto y esplendor hechizante, como Scheherezada, contando sus historias al Rey Shahriar. De cuerpo seductor y sonrisa luminosa, bella para amarte y para amar en la estera extendida, tu hermosura cautiva la voluntad de los amantes. Al mirarte desde lejos el cerebro se llena con la belleza de tus suntuosos edificios, tu arboleda oxigenante y variopinta, tus grandes obras: Pueblito Paisa, Plaza Botero, Parque de los Deseos, Parque Explora y su acuario, Orquideorama, Jardín Botánico, Biblioteca España y el Metro Cable.

El corazón palpita de amor puro por ti, hermosa matrona de más de 300 años que, adornada con fastuosidad, sigues siendo y bella como una muchachita en flor, así te hayan violado y deshonrado muchas veces. Eres como la piedra tirada al agua de Salvo Ruiz, que hiere mientras el agua vuelve a cerrar. ¡Doncella de todos!
Algunos sólo ven la noche de tus ojos para infamarte y delinquir. Pareciera que la violencia se cebó en ti, Medellín del alma. Algunos escritores son felices desacreditándote, te arrinconan y te humillan mientras la sangre los seduce y enriquece. Dicen que no puede ocultarse la verdad y que sólo reflejan una realidad social. Cientos de miles decimos que sí, que ya lo sabemos, pero que no nos lo estreguen más.

Olvidan que fuiste llamada Aburrá de los Yamesíes, San Lorenzo de Aburrá, San Lorenzo de Aná, Valle de San Bartolomé, Villa de Nuestra Señora de la Candelaria de Aná, Villa de la Candelaria, Valle de Aburrá, Bella Villa y Medellín Metropolitana, Tacita de Plata,  y que sigues siendo Ciudad de la Eterna Primavera.

Que bebieron de ti y bebiste de ellos, personajes tan ilustres: Alejandro Echavarría, Santiago Mejía, Tomás Carrasquilla, León de Greiff, Ricardo Rendón, Porfirio Barba Jacob, Efe Gómez, Jorge Robledo Ortiz, Juan Zuleta Ferrer, Fernando Botero, Belisario Betancur y otros ex presidentes, Gonzalo Arango, Manuel Mejía Vallejo, Fernando González y muchos más, como también muchos deportistas de talla mundial, humoristas, silleteros, trovadores, cantantes famosos, científicos, reinas de belleza y todas las mujeres paisas, tan bellas como tú.

Que existieron el Hipódromo San Fernando y el Aeropuerto Las Playas donde murió Gardel en 1935; los teatros Bolívar y Junín y el Circo Teatro España; los edificios Carré y Vásquez construidos en 1895 convertidos después en hospedajes de mala muerte y de compradores y vendedoras de sexo, pero ahora renovados y exhibidos con orgullo; los viejos Cisneros o Guayaquil, donde han conseguido riqueza muchos montañeros con sus cacharrerías, graneros y puestos de frutas y verduras; donde se encontraban al por mayor los culebreros, adivinos, magos y yerbateros; bobos, personajes folclóricos, payasos y muchachos volados de sus casas, y que también eres tierra de parias,  putas y gente noble como algún día dijo de su Concordia natal nuestro admirado, Ñito Restrepo. Donde se reunían poetas, escritores e intelectuales famosos y la más rancia estirpe de la oligarquía paisa con el oropel de la riqueza y tantas otras historias de las que se pudieran surtir Jorge Franco, Víctor Gaviria, Alonso Salazar, Gustavo Bolívar, entre otros.

Pero no, vale más la utilidad renovable que rinde un capital y el embeleso morboso de la gente, que la pispa y venerable Medellín. Aun así ¡Como estás de pispa, querida Medellín!

¿Dónde quedaron el lápiz y el papel?

Texto de Karol Indira Romero, docente de Diseño Gráfico.

Jalando las orejas ando, a mis alumnos los nuevos diseñadores, y ahora invitando a todos aquellos que lean este texto a que me ayuden a llamar al orden a esos que se hacen llamar nativos digitales, esos que forman parte de la era digital, de la sociedad de la información, donde hasta el pensamiento sale de un aparato electrónico y las ideas son recicladas de diccionarios web.

Cada vez es más frustrante ver como los nuevos diseñadores se olvidan del lápiz de madera, del bisturí y del sustrato y el para qué sirven, y lo curioso es que se asombran al encontrarlo a uno como docente con estos tres elementos, produciendo ideas para un futuro, rayando y plasmando, simplemente por el hecho de satisfacer el cuerpo.

Tengo heridas de guerra en todos mis dedos producidas por mi X-acto que nunca me abandona. Más de un jean lleno de Sacol y Pegaucho, vinilo o Ecoline -que dizque salían con agua-, pero penetraron sus fibras y se aferraron a ellas, como para que nunca se me olvide que sin ellos no sería lo mismo.

Me pongo muy triste al ver mis alumnos valiéndose constantemente de plantillas, fondos, fotos, vectores y hasta logos ‘customizados’ para luego llamarlos “creaciones propias”. ¡Es irónico!, se supone que estudian diseño, lo que significa crear, comunicar, proyectar y visionar, sin embargo, a veces se pasa por mi mente que lo hacen simplemente para obtener una licencia de conducción de computador, o en mi lenguaje, para graduarse como choferes de computador, olvidando que el buen diseño, sea cual fuere su rama (arquitectura, vestuario, modas, gráfico, etc), resulta del buen proceso creativo, de la indagación, del análisis, del palpitar de los ojos, del encuentro de los sentidos, de la bocetación, de las rayas, del juego entre el yo y el papel, no de un aparato con teras de capacidad, eso simplemente agiliza nuestro trabajo.

No quiero que se entienda el diseño como un tema únicamente académico, ese cuadriculado y castrador, que por muchos profes es impuesto, yo hablo del diseño, donde tenemos la libertad de plasmar en un sustrato lo que tenemos en la cabeza, del diseño que permite nuevas tendencias y nuevas expresiones, del diseño que te deja expresar lo que a muchos nos cuesta  a veces hablar.

Quizás suene a carreta, pero esta carreta me hizo diseñadora y siento que no una cualquiera, una buena. Puede que me caracterice por mi torpeza en el dibujo, pero logro con mis torpes líneas generar bocetos de grandes ideas. ¿Vieja escuela? sí, doy  gracias a mi creador por eso y alabo los alcances de mis compañeros de escuela, esos que todavía andamos con el bulto de colores de primaria y por más ejecutivos que seamos, siempre que abrimos nuestra maleta, vamos a encontrar cualquier herramienta gráfica, la menos pensada, la más inesperada.

¿Qué pasó, pues, con el lápiz y el papel?, ¿qué pasó con los rayones de los muros, las sillas, las mesas y hasta las puertas de los baños, que lo dejaban a uno pensando?, ¿Qué pasó, con ese preludio a la creación, qué pasó con esa danza misteriosa entre los ojos, la vida cotidiana, el lápiz y una simple hoja?, hasta en una servilleta dibujamos grandes ideas, en pedacitos de papel como el que cubre los cigarrillos, la etiqueta de una cerveza o cualquier superficie donde se pudiera plasmar lo que el cerebro quería escupir.

Abrid los ojos, empuñad vuestros lápices y comenzad a batallar, puesto que ya todo ha sido creado, pero falta todo por inventar.

INDY