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Bendito sea el hombre, la tierra y sus frutos

Viajar por tierra no es la segunda opción de quien no puede viajar en avión. Viajar por tierra es permitirse ver la película de la naturaleza a través de una ventana que nos muestra su propia edición de imágenes, sus propios matices y nos permite ver la película en quinta dimensión: las tres dimensiones del volumen, la dimensión del movimiento, y la quinta, la del olor. Porque a la par que vemos la escena multidimensional que queramos observar, se nos cuela por la nariz, la multitud de fragancias del campo, del campo y sus leñas, de sus leñas y sancochos, de sancochos y sus gentes, de sus gentes y los sembrados, de los sembrados y sus árboles, de sus árboles y los vientos que, de nuevo, nos traen las fragancias de sus leñas y así, cada vez colándose nuevos olores a nuestro cerebro.

Bendita la tierra, bendita ella y sus frutos, benditos ellos y el hombre que los siembra.

Corozo, aguacate, algarrobo, chaparro rojo para el azúcar en la sangre, mango, banano y muchas frutas más, a borde del camino en la Quiebra de Guamito, vereda de Santa Bárbara en Antioquia.

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De un museo impresionista y su obra comestible

Ya saben algunos que me gusta promover la visita a cierto museo en particular, un museo con obras temporales, itinerantes, donde sus obras son accequibles al público cotidiano. Algunos dejan de ir allí porque tienen un concepto errado de inseguridad, otros, desorden; pero ninguna de estas dos palabras habita en este espacio de la cultura.

Las obras que allí se exponen, a la vista y a la venta, son accequibles, económicas y comestibles; se trata de la Plaza Minorista de Medellín, museo de la cultura al que llevé por 12 años a mis alumnos de Comunicación Visual. Cultura, más no arte, aunque de este último también podemos encontrar si vemos los avisos hechos a manos de algunos locales, algunos murales y mucho de lo que llaman arte primitivista.

No se arrepentirán al visitar este museo de estética puntillista e impresionista con sus millares de frutas de colores, una sobre otra, itinerantes, esperando cliente, obra comestible cercana al bolsillo del comprador o del desprevenido. Sé que muchos no la conocen, pero si desean ir recuerden invitarme.

El orden "antinatural" de algunas naturalezas

Lo que el hombre ve ya está trastocado por el simple hecho de ser observado. Así, la naturaleza no sería tan “natural” como creeríamos. Los arquitectos y diseñadores de paisajes están virando su hacer hacia la “naturalidad del “caos” y están dejando de lado los jardines rectangulares, armados, milimetrizados, ordenados; están abandonando la manufactura de jardines artificiales, para acercarse a la “naturalidad” de los mismos, recreando pequeños bio-espacios con variedad de especies vegetales y florales, para reflejar, aunque sea de manera “virtual”, trozos de bosque, naturaleza o paisaje.

En los mercados populares, como el de la imagen en La Minorista, se refuerza, por el contrario, el concepto artificial del orden, acercándose a la geometría, al fractal, al orden especial que connota la calidad de los alimento ofrecidos. Estas geometrías unidas al color, potencializan el concepto y se acomodan en el tema del arte, el mercadeo visual, la comunicación sensorial.

Desde que el hombre abandonó la caza y la recolección de frutos, quizo mercar, más bien, e inventarse estéticas aparentes. Mercó y echó en un talego el fruto de su sudor, pidió devuelta y sacó para el pasaje, comió, compartió con los suyos y parió nuevas miradas.

Afiches y verduras: dos caminos tan diferentes

Doña Martha y don Jesús tienen negocios muy diferentes. Ella por un lado, encontró que a la gente le llama la atención los carteles bonitos de novelas y artistas famosos y que a los niños les encanta los adhesivos para pegar en todas partes; mientras que a él, le interesa más que la gente se alimente bien y por eso decidió desde hace 10 años vender frutas y algo de verduras.

Sin embargo doña Martha y don Jesús tienen algo en común: son esposos desde hace 15 años.

Colaboración de Juan Camilo Orrego Soto / Fotos tomadas en Girardota

Rellenando chorizos en Girardota

Y así entre charla y charla con su amigo el vendedor de variedades, don Mario embute y embute el relleno a la tripa ayudándose de un palito por aquello de la higiene, para luego hacer las divisiones y poner a secar el chorizo que luego venderá. La carne que ya no se vendió se la llevara en las bolsas que hay entre la bolsa que dice comcel a donde su amiga doña Nora, la vendedora de plátano, banano y verduras que tiene una nevera y que siempre le hace el favor de guardare la carne que al día siguiente esperara vender; por eso es a doña Nora a quien siempre le vende la mejor carne.

Ritmos cotidianos en la Plaza de mercado de Bello

Se madruga. ¿Dónde está la talega? – Se espera que los veintemil rindan. Se espera el bus, otros bajan a pie. Se llega, se camina y se comparan precios. Se pregunta de nuevo, y ya, teniendo los precios de la bolsa popular, se llena el talego con líchigo y se camina buscando más.

Se compra, se pide rebaja, luego de eso se pide la encima, encima se recoje una papa que hay en el suelo, está buena. A cómo la panela, a cómo la habichuela, a cómo el chonto, a cómo esa verbena.

Se llega a la casa, se pone la olla, se levanta el sanchocho que es lo más rápido que se puede hacer. Se sirve la mesa, se pica el cilantro, se come en plato de peltre, se sorbe la sobremesa, se limpia en la manga, se saca el palillo, se chupa pa dentro.

Y así mismo pasan los días de los que de lo alto descienden, bajan y se entretienen, suben y se detienen, en el devenir contínuo de sorbos y de comidas, de sudor y de sueño lento. Una siesta, me levanta ligero.