Archivo de la categoría: Cuentos corticos

De frente a la muerte…

Se negó, y nadie quiso obligarla. Era difícil decirle que mirara a quien fue su compañero por esos 15 meses. No importaba que estuvieran apretujados, estrechos se ama más, rejuntados se siente más rico. Se negó ¿y quién le dice que se voltée, pues, que lo reconozca para salir rápido de allí y pedir el valde y la escoba para lavar el asfalto?

Volteá, pues, y nos vamos de una. Además él, no te dejó preñada como pa’ llorarlo de largo. Miralo y asomate si tenía el lunar en el ojo. Aprovechá que lo tumbaron y le “parás bolas” al ‘Cumbia’. ¿No, que te gustaba, pues? Vos si sos boba, acaso te dejó cría como pa’ que te pongás de amargada y te dañés la vida. Miralo y larguémonos ya, que viene la ‘Tomba’ y esos hijueputas ya me tienen reseñada.

¿Sabés qué Marisela? largate pa’ la mierda y dejame sola. Largate que vos sos una falsa, largate y dejame sola llorando al Edison. Dejame aquí, inclinada, tocando el último calor que tenga. Largate que estás equivocada: él se fue, pero me dejó su semilla adentro.

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Se desgranó la mazorca…

Levántese, pues, Herminio, que nos cogió la nochebuena y no me ha molido el maíz que le pedí que me moliera. Vea que la paisa está prendida, la aguapanela lista y vos nada que te has mosqueado. Levántese, pues, viejo, que yo pa’ moler ya no doy; mis brazos están cansados y no me da pa’ la manibela.

Herminio, último llamado que le hago. si no se levanta ya mismo, olvídese que le sigo sirviendo los traguitos de cada mañana, olvídese de que le caliento sus pandequesos y su arepa montañera redondeada a mano.

Herminio, mijo, levántes pues que ya está haciendo hambrecita; ya tengo el sartén caliente y vos nada que abrís los ojos. Levantate, pues, tendé la cama que hoy nos viene visita. Acordate que hoy viene Amparo, la nieta, y a ella le encantan las arepitas de chócolo.

Herminio, mijo…

De cuando recogemos la "basura"…

Así que, cuando barremos, nos estamos barriendo a nosotros mismos. Cada lanzada de la escoba empuja cuarenta y ocho pelos de mi cabeza y setenta y dos vellos del resto de mi cuerpo; sigo lanzando la escoba sin que se vaya de mis manos y empujo lo que son partes de mi brazo, de mi pierna, de mi rostro. ¡Horror! mi rostro se desvanece cada día en caspa que barro y trapeo diariamente. Cuando hago el ejercicio, entonces, de recoger la “basura”, lo que hago es reclamarle mis restos al piso, para depositarlos en la urna dispuesta, basurera que me confundirá con ripio de café, cáscara de plátano y demás “desperdicio”.

Hay ocasiones en que no meto la escoba bajo la cama que descansa mi cuerpo y me siento aliviado de saber que aún hay una parte de mi allí abajo, hecha pelo y célula muertas; me ayuda a no desconfigurarme del todo y a tener la esperanza de que no me desvaneceré totalmente. pero hay que hacerlo, hay que barrer y darle dos y tres pasadas con la trapeadora porque es perentorio, además, qué pena con las visitas, no siempre es creíble aquello que decimos cuando llega una: “Ahí perdonan el desorden, pero esta mañana salimos carreriados y ni tuvimos tiempo de arreglar”, mentira esta harto conocida en hogares de vida común y para nada minimalista.

En fin, toca recogerme cada vez que barro; recogerme y a mi esposa, a mi hijo y a los que visitan; a los vecinos que se cuelan por debajo de la puerta principal. Es que no solo cuando ponen la cruz de ceniza es que debemos recordar que al polvo volveremos. Yo volveré a la tierra de capote; a la negra, que hace pelechar tan bien a las matas. Mientras tanto, el carro recolector de basuras y caspa humana, vendrá los martes o los lunes o los sábados, pitará o hará sonar la campana para recordarnos que se llevarán una parte de nosotros. Muerte lenta esta.

¡Nos invaden las cocas plásticas!

¡Nos invaden las cocas plásticas! Objeto de promoción, de engaño, de alienación comercial. ¡Nos invaden las cocas plásticas! Y llegará el día en que ni la muerte podrá escaparse a empacar en cientos de cocas plásticas. Atrás quedaron los días en que se llevaba el almuerzo en margarina y el jugo, en Milanta.

El día en que le entreguen al familiar de turno, los huesos ya descarnados que reposaban en la fosa, serán empacados en “coquitas” plásticas: 12 vértebras dorsales serán empacados en una coca para tal tamaño de huesos, las demás, serán apretujadas con siete del tarso y cinco del metatarso en otra coca más grandecita, y si caben, le meterán seis cuñas y dos escafoides. A quien le parezca rara esta lista, no le parecerá rara en cercanos años donde las cocas plásticas ordenen nuestra osamenta; exagerada actividad que las señoras procurarán con nuestros restos, después de haber reclamado tal juego de recipientes en alguna “promoción” o con el acumulado de puntos.

Decía, pues, que la escápula y dos húmeros serán puestos en una coca larga y hermética; hermética mas no alquímica. Los condilos y las rótulas, serán ordenadas en otro recipiente más pequeño que el anterior; y así, por conjuntos, serán empacados los vestigios de un cuerpo vivo y ambulante. Será exagerado tal proceder, pero es lo que habrá que hacer con tanta coca plástica que invade nuestras casas.

No olvide que las falanges, falanginas y falangetas; deberán guardarse por pie; es decir, en una coca pequeña, las del pie derecho, y en otra coca las del izquierdo. Son muy delicadas y se pierden fácil, y nadie querría que nuestro cuerpo ya des-osado, esté al garete por cuanto rincón exista.

Comentario de Jairo Carmona Valencia:

Tus escatológicos comentarios me trajeron recuerdos de tiempos idos. Era en cierta ocasión cuando la comida en la casa no faltaba, pero si era muy poquita, cuándo le acepte el reto a un “chinche” de mi edad por allá en los “60″, de ir a lavar huesos al cementerio de San Pedro. Oh cosa horrible, nunca más lo volví a hacer ni aunque reencarnara, eso es bastante serio… Ahora con lo de los recipientes en plástico, tengo un amigo que está que se divorcia; y todo por culpa de precisamente estos artículos… Resulta que la mujer lo manda a buscar las “benditas” tapas y aunque él sumiso, las busque por toda la casa, nada que las encuentra, pues ahí empieza la pelea y él está buscando abogado que lo salve de tamaño conflicto. En las promociones de los almacenes “De grandes superficies” lo único que les da por promocionar es: Detergentes, papel higienico y los “benditos” recipientes de plástico… A tu oído te digo: Ya ordene a mi esposa que me cremara, para no caer en esos recipientes.

El cuento prohibido de los 3 cerditos

No, no se los voy a contar. Lo que sé, es que no era tan sano como se creía. Los que intentaban entrar a la choza no eran 3 cerdos, eran 2. El tercer cerdo no era tal, era ella, es decir, una cerda. Y los que intentaban entrar tenían cierto antojo que no les cuento aquí por respeto a los lectores. Lo del lobo era un simple distractor para que los pequeños ni se asomaran a tal antro. Lo demás ¡es puro cuento!

Foto: Ráquira.

El hombre que no quizo conocer su rostro

Llegó el día en que se dio cuenta, de golpe, de que era consciencia colectiva y ser, existencia y movimiento. Llegó el instante en que supo que era cuerpo caminante, pie descalzo, mano fuerte, uña en crecimiento, oreja con relieve, vello rebelde, pestaña recta. Llegó el momento en que se reconoció como individuo y supo que, desde algún lado, le salían pensamientos, odios, amores, pasiones y rencores.

Una vez sintió la carga síquica que significaba tener tanta información, comenzó a golpearse la cabeza para sacarse tan malignos pensamientos: asesinatos en potencia, disturbios, golpes a sus hermanos. Se vio a sí mismo con cuchillo en la mano, con cuerno de res, con pedernal hiriente, con plomo moldeado. Lo que vio no le gustó: de su boca salían siete lenguas, cuernos en las manos, colmillos en la panza, pelos en abundancia en sus piernas. Al ver la dantesca escena soltó todas sus armas, se agarró sus cabellos y lloró: ¡Mamáaaaaa! Fue un grito profundo, desde un abismo indescriptible y eterno.

Al segundo siguiente, los médicos intentaban, con forceps, agarrar la cabeza del niño que no quería nacer. Cuando salió, los médicos consignaron en la bitácora: “Muerto por estrés en el momento del parto”.

Foto: Villa de Leiva.

La Tartana de Don Cuco – Alexánder Cuervo

John Alexánder Cuervo López, primer lugar en el género de Cuento, en el concurso celebrado durante la Semana del Idioma, Instituto Tecnológico Metropolitano. Medellín, 15 de abril de 2011

Don Cuco vivía en la loma, exactamente diez cuadras arriba del supermercado donde diariamente trabajaba llevando mercados en su automóvil modelo setenta y dos. La marca no la recuerdo porque fue lo primero que se le cayó.

Como acostumbraba, ese día se levantó temprano para tomarse la “totumada de aguapanela” con un buen pedazo de pan del viejo, del viejo de la panadería de la esquina. Su mujer y sus cinco hijos le ayudaron a sacar el carro empujado del garaje, para encenderlo y calentarlo, por lo menos media hora, como era debido antes de arrancarlo. El ruido que desprendía ese bendito auto era aterrador, algo infernal, sumándole la humareda y el terrible olor. Los vecinos le gritaban: “Cuco, viejo pendejo, dejá dormir; apagá esa cafetera, demente; nos vas a intoxicar a los niños, desgraciado”. Improperios a los que hacía caso omiso y el cucho seguía calentando su carro.

A los 25 minutos del calentamiento habitual, haciendo un ruido extraño, el carro se apagó, pero igual arrancó loma abajo dejando en el piso el parachoques, veinte tuercas, unas cuantas arandelas, resortes y un pedazo de manguera. Luego de la primera cuadra por la que rodó el endemoniado automóvil ya se le había caído la pintura, un retrovisor, la tapa de la gasolina, la masilla epóxica de varios arreglos anteriores, otro número considerable de tuercas y el rodillo del mofle. Don cuco mantenía firme el volante a pesar de que el carro en la segunda cuadra había dejado regados en el camino los stop, el capó, los retrovisores, las dos puertas y una de las ruedas delanteras con todo y suspensión. Los frenos no le respondían. En la tercera cuadra, se levantó por los aires el resto de la carcasa llevándose consigo el filtro del aire, la “concorgaña del gutiplin”, cuatro pedazos de manguera más y el bomper. La gente que veía la bola de chatarra bajando a gran velocidad, sorprendida decía: “¡Uy qué nave!”.

Cinco cuadras más abajo botó las dos ruedas traseras y el mofle completo con el silenciador de gases y todo. También mandó al carajo la batería, la correa del acumulador, la palanca de transmisión, los pistones de la chumacera, treinta resortes variados, la cojinería trasera y el ventilador lambicuánico. El cucho se aferraba cada vez más el volante y la apocalíptica procesión de partes seguía. A la sexta cuadra se vieron volar varios engranajes. La biela, la viola, unos cilindros, la rueda que faltaba y medio chasis con el tanque de la gasolina, que por un milagro no explotó. Pasando la séptima cuadra se le empezó a caer lo que hacía mucho rato no le funcionaba al carro: la calefacción, el cenicero, los interruptores, el radio pasacintas, las luces del tablero. Al lugar de trabajo llegó vivito y coleando, pero no lo parecía porque estaba completamente pálido y tieso, sentado en la silla que fue lo único que le quedó entero y aferrado al volante que cambio de forma debido a la manera como el cucho lo apretaba. En el pedacito de calle que le faltó para llegar al supermercado lo arrastraron siete gamincitos que le decían en coro “Don Cuco, regálenos una moneita”.

Tres días, ¡tres días! se demoró el “el pobre Cuco” en recoger completicas las partes del carro, a excepción de los “chirifrostis” y el alambrito con que aseguraba el seguro, que parecía se los hubiera tragado la tierra. El arreglo le costó más de lo que hubiera costado un carro nuevo, pero él siempre dijo que el valor material era lo de menos, que lo que más importaba, realmente, era el valor sentimental.