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De las piedras que ya no son piedras

Está presente en muchas casas y pasa desapercibida; es inanimada pero depositamos en ella valores sentimentales; no es preciosa pero tiene más brillo que sus semejantes: la piedra de trancar la puerta ha trascendido el concepto mineral para venir a significar un enser más de la casa con trascendencia generacional.

Día festivo y el ritual de la familia era hacer el llamado paseo de olla. El lugar sería el de siempre: los charcos de Porce; la comida, igual: sancocho de hueso; el transporte: un ‘Renol 4’ –por eso no se preocupe que ahí cabemos todos-. Una vez allí el goce es como el de cientos de familias con el mismo ritual de hacerle honores a la olla y al cocinar en leña. Baño, cerveza, sol, pecas, blancuras y río, mucho río, o quebrada más bien. En ella, yace Yolanda temerosa de meterse más adentro, pues, en sus palabras “El río es traicionero”. Cerca a la orilla y con el agua en las rodillas se dedica a mojarse el resto del cuerpo. Con un paso mal dado se resbala y saca la piedra culpable de la caída: redonda, pulida y diferente a las demás; ha dejado de ser simple piedra y comienza a ser objeto de un leve deseo. Al mostrársela al resto de la “patota”, todos asienten y aprueban la idea de Yolanda de llevarla a la casa. Una vez allí, la piedra fue ubicada en el suelo para cuñar la puerta que, a diario en las tardes, mantiene abierta. Del paseo han corrido 52 años y la piedra, aunque a veces inadvertida, ha sido trasteada en tres ocasiones y, según los colores que se le alcanzan a percibir, ha sido pintada en varias oportunidades con el mismo color con que han pintado los zócalos de la casa.

El tema se repite en muchos hogares de Colombia. Cambia el río, el destino del paseo o el tipo de roca; pero muchas piedras han dejado de ser simple substancia mineral para convertirse en un objeto con más valor y apreciado por la familia. Para corroborar esta tesis, basta preguntarle a los dueños de las piedras cuántos años tienen de estar prestando la función de tranca y comienzan los años a saltar por decenas hasta encontrarse con rocas de medio siglo y más. La misma pregunta podría hacerse para la piedra de machacar la carne y el patacón, obteniendo, incluso, datos más detallados del porqué fue elegida para tal función.

María Eugenia Ramírez, funcionaria de la Escuela de Idiomas de la Universidad de Antioquia relata que la piedra que tranca la puerta de su oficina puede tener más de 14 años, ya que cuando llegó a ocupar su oficina estaba allí e incluye que la señora del aseo siempre la limpia cuando está trapeando. Aunque las trancas no son siempre piedras: en el tercer piso del edificio administrativo de esta universidad, una reproducción: Fuente Ceremonial, del artista Germán Botero Giraldo, es la obra que le impide a la puerta moverse ante la imposibilidad que tiene la cuña de la puerta de cumplir dicha misión. En otras oficinas de este edificio administrativo se observan: una plancha antigua, materos, una piedra blanca, entre otros.

En Amagá, Marina López, narra que dos de las cuatro piedras de la casa tienen más de 46 años, que son los años de estar viviendo allí, cerca del parque, más algunos años de su residencia anterior. Una de las piedras, harto redondas, está pintada de ocre; pero una escalografía hecha con la uña revela un azul anterior, colores con que se han pintado los zócalos. Este hecho de pintar la piedra le da un significado a la misma, lejano de su contexto mineral, para ser un elemento re-cogido y re-significado.

Los ejemplos son muchos y muchos son los tipos de piedras u objetos que sirven de cuña a las puertas, lo que invita a reflexionar en el tema de la seguridad, pues es en las casas donde se acostumbra este uso, ya que generalmente en apartamentos de unidades cerradas y en edificios no se deja la puerta principal abierta. Quienes gozan del ritual de mantenerla abierta son los habitantes de casas que pueden ver el sol en sus tardes, que saludan al que camina; allí, en estas casas son propicias las piedras y los objetos para que la puerta no le cierre la entrada al aire. Múltiples objetos, entonces, son pertinentes para cuñar: un caracol que alguien trajo de algún paseo o, específicamente, de San Andrés, como lo hay en el bloque 22 de la Universidad de Antioquia; una botella de Menta Colombia pintada de blanco; un retal de madera de una marquetería y una máquina de coser en Támesis, una piedra del color de la puerta en Barichara, Santander; un gato de plástico que ha sido llenado con arena como lastre, en la Comuna 13 de Medellín. Pero si se hiciera inventario saldrían a decir “presente” muchos dueños e inquilinos para elaborar una retahíla de piedras, objetos y “cosas” al lado de una secuencia de años de existencia y valoración que relatarían anécdotas recuperadas de la memoria familiar.

Es pues, la piedra como elemento básico de tecnología en tiempos digitales. Es el objeto que ha sido re-contextualizado para aplicar sobre él nuevos significados. Es la valoración de lo útil por encima de lo comercial. Es el contacto con lo básico, mineral y primitivo. Es el anhelo de mantener la puerta abierta en tiempos violentos, para así acercarnos a nuestro pasado rural con vista al horizonte lejano lleno de verdes y de paz.

Interactividad
Para trancar la puerta o machacar la carne ¿Cuántos años tiene la suya?

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Por los apodos se conocen las familias en Amagá

Publicado en Generación, suplemento dominical de El Colombiano, 4 de marzo de 2012
Por Carlos Múnera

Salga del Valle de Aburrá, tome camino vía al Suroeste, ingrese al municipio de Amagá y conozca a: los ‘Pájaros’, los ‘Cucarachos’, los ‘Palomos’, los ‘Tigres’, las ‘Cigüeñas’, las ‘Arañas’, los ‘Burros’. No es que este municipio haya cambiado su vocación minera y esté impulsando el tema ecológico, que lo puede hacer; se trata de un fenómeno social arraigado desde hace años en este territorio antioqueño: los apodos familiares. Una especie de bautizo comunitario que se presenta por familias y que hace que los verdaderos nombres de sus integrantes sean poco conocibles y conocidos.

En Amagá, pocos reconocen, por ejemplo, a María Isabel Betancur; pero si pregunta por ‘Mape’ o la ‘Mapeleña’, esposa de ‘Boquepato’, inmediatamente le darán razón y paradero de ella. O si pregunta por Silvia Socorro Giraldo Ossa, dirán que jamás ha nacido tal mujer; pero si pregunta por la de los ‘Cenizos’, sabrán de cuál doña Silvia se trata. Cuenta María Isabel que el apodo familiar tiene los años de su esposo: 65; y que se lo pusieron a él y a sus dos hermanos desde pequeños, “Dizque porque cuando nacieron, tenían la boca puntudita”, detalla María -¿o ‘Mape’?-. Ella y Darío ‘Boquepato’, tienen tres hijos y a esa generación también la identifican con dicho sobrenombre familiar, aunque cada uno tiene el suyo: ‘Tata’, ‘Muñeca’, ‘Tato’ y ‘Pingüino’, este último, fallecido.

El origen de cada apodo se adhiere a cualquier circunstancia. Silvia Giraldo, de los ‘Cenizos’, cuenta que su hermano, José Manuel Giraldo, tuvo un carro de servicio público color cenizo hace 25 años, y que desde ahí comenzó el mote familiar que cubrió inmediatamente a nueve hermanos. Al escuchar: ‘Kika’ grande y ‘Kika’ pequeña, se podría hacer una representación de una asimetría física femenina, pero se trata de Miriam de Jesús Atehortúa Sánchez, la ‘Kika’ pequeña, hija de Carmen Luisa Sánchez, la ‘Kika’ grande; integrantes de un grupo familiar de cuatro mujeres, que deben su apelativo a Luis Enrique Atehortúa ‘Kike’, esposo de Carmen y quien lleva 60 años con el apodo, heredado también a sus ‘Kikas’. Al clan, no les molesta que los llamen así, es más, no los conocen por el nombre.

Algunos alias deben su inicio a fenómenos lingüísticos como el caso de los ‘Peítos’, término que estimula algunos sentidos, pero que en este particular se debe a la síncopa del diminutivo de Pedro: Pedro-Pedrito-Peíto. Otros, por la actividad económica de alguien de la familia o por alguna condición física. A las ‘Coneras’, porque Raúl Arboleda, vendió conos; los ‘Mencos’, por tener un padre grande; los ‘Chinos’, por un papá pequeño; los ‘Tonelada’, por un padre gordo; los ‘Aguacateros’, por un padre vendedor de aguacates; los ‘Lágrimas’, porque dicen que Alonso lloraba mucho; los ‘Campesinos’, porque tenían una casa donde llegaba la gente del campo a cambiarse pantalón y botas antes de ingresar al casco urbano.

La lista de remoquetes continúa y hace ver que las partidas de bautizo solo han servido para las matrículas estudiantiles, la apertura de cuentas de banco y algún oficio radicado en notaría; pero poco o nada para identificar a los integrantes de grupos familiares: las ‘Cagadas’, las ‘Miadas’, los ‘Arbolitos’, los ‘Mochilos’, las ‘Mafifias’, los ‘Pencas’, los ‘Mojojoy’, los ‘Morolos’, los ‘Pelayos’, las ‘Manicorticas’, los ‘Tiznados’, los ‘Mondongos’, los ‘Pastrana’, los ‘Julipos’, las ‘Niñabonitas’, los ‘Gurusos’, los ‘Cabezones’, los ‘Marraquetos’, los ‘Cucharas’, los ‘Pininas’, las ‘Pimpinas’, los ‘Maúllas’, los ‘Cholas’, los ‘Cajiaos’, los ‘Piscos’, los ‘Espíritus’, los ‘Cebollos’, los ‘Albóndigas’, los ‘Panaderos’, las ‘Ninaninas’, los ‘Coloraos’, los ‘Mollejos’, los ‘Tocamochos’, los ‘Cuchillos’, las ‘Porcelanas’.
Laura Cristina Rodríguez, del clan los ‘Buñuelos’, cuenta que su abuelo, Jesús Estrada, gustaba demasiado de los buñuelos y, en alguna ocasión, se sentó en una panadería a comerse muchos, demasiados para una sentada; hecho que lo llevó a ser identificado con dicho mote al igual que a su descendencia de 11 hijos, más los nietos, bisnietos y tataranietos: 50 familiares aproximadamente. Juan Miguel Tabares, bisnieto de Jesús Estrada, tiene seis años y no le gusta que le digan con el alias de su familia, él dice que es de los ‘Tabares’, que no es ¡ningún buñuelo!

¡La lista no termina! continúa por calles y carreras, por centros poblados y caminos veredales. Así que si quiere conocer más apodos familiares de Amagá, ingrese a la ‘Vecindad del Chavo’, una casona que fue dividida en pequeños apartamentos y que pertenecía a los ‘Albóndigas’; pase por el ‘Callejón de las Arañas’; vaya a la ‘Calle de las Garcías’ o a la de los ‘Pinches’; suba a la ‘Esquina del Gato’, que queda en la ‘Cuadra de los Pinches’ cruce por ‘Shangai’ y conozca a los ‘Peítos’ o vaya al ‘Callejón de la Esperanza’, por dónde viven los ‘Mierditas’ y observe este fenómeno social bastante curioso, o pregunte por Marina, la de las ‘López’, que fue quien me llevó de la mano por ese laberinto de seudónimos familiares que configura una forma diferente de nombrar al ser.
¡Tranquilo! Si no ha logrado entender este enmarañado tejido humano municipal, si se le ha dificultado hacer el mapa generacional o esbozado la red que une a este municipio, espere que le cuenten lo que pasa cuando se unen dos clanes familiares cada uno con sobrenombre diferente. ¡Dé “papaya” y verá que también le ponen mote!

De álbumes, caramelos y otros recuerdos

Publicado por Carlos Múnera en Generación, páginas 10 y 11. El Colombiano, 4 de diciembre de 2011.


La cabeza de aquel infante apenas alcanzaba la parte inferior de la ventana enrejada que servía de tienda, mostrador y despacho, donde don Arturo exhibía cuanta carajada le era prohibida a los niños: pistolitas accionadas con banda elástica, cofio, minisigüí, pelotas, crispetas rosadas, llaveros con personajes varios, calcomanías para la piel, Kalkitos y sobres, en papel periódico, con cinco láminas en su interior de la serie infantil Centella. “Donarturo, me vende tres sobrecitos desos”, decía el niño señalando los sobres e intentando saltar para alcanzarlos, “…y me vende el álbum también”, remataba. Luego, en casa, era abordado por su madre, quien estimulaba su espíritu con una ramita de verbena que reposaba en remojo: “Tome, por gastarse la plata en pendejadas”, justificaba la doña.

Esa labor de “enciclopedismo” emprendida por tanto niño en cualquier barrio de la ciudad, se ve recompensada años después cuando, como padre de familia de cabello en menguante, le abre a su hijo las oxidadas páginas de un álbum lleno, y lo encanta en ritual ceremonioso, con pequeñas historias que recuperan la memoria personal y colectiva de un estadio de la vida. Sucede en familia y sucede al calor de unas sonrisas que resuenan en amenas tardes. Se justifican así, tantas “pelas” donadas por algunos padres, excepto cuando el álbum era de Panini y su tema: el fútbol. Allí el cuento era y es otra cosa.

Se trata, pues, del pasatiempo de tratar de completar los tan apreciados álbumes de caramelos, cromos o pegatinas; como también se conocen en otras latitudes. Es ésta, una actividad de construcción y coleccionismo, ejercicio de atesoramiento de lo inalcanzable, como son los álbumes con láminas de personajes de la televisión y del mundo animado. Hay que decir desde ya que estos últimos, son cuadernillos hechos sin créditos por tipografías que prometen al coleccionista, una base de premios que nadie da cuenta y que dejan al iniciado: ¡iniciado! ¿Dónde reclamo el yo-yo Russell profesional si lleno la página siete como se promete en el colofón?

En estos días, a propósito de la circulación del álbum Medellín es un caramelo, han salido del escaparate de los recuerdos muchos otros álbumes que han hecho parte de la historia familiar: unos, con olores a sudor y a guayos, de láminas plateadas y mucha pompa con fotos 3×4 y estrellas millonarias. Otros, con edición de los años setenta y fragancia de formol, con fauna, vegetación y huesos del cuerpo humano o el crecimiento del feto, como el de La Vida. Otros menos legales, con aire de litografía sin secar, son reconocidos en los barrios obreros junto con sus premios leoninos. Están, además, los famosos álbumes con olor y sabor a chocolate y su posicionado “caramelo escaso”.

Las ediciones de cada una de estas cartillas, cuyos dueños esperan completar con sus respectivas láminas, recrean en ellos acciones, comportamientos y rituales que nos evocan un pasado personal: el intercambio de láminas entre amigos y desconocidos, lo que estimula la interacción y el fortalecimiento de lazos de amistad. La compra, venta y reventa de caramelos y álbumes, en sitios “autorizados”, a veces improvisados, no por ello menos legítimos; lo que estimula el comercio. Guardar el álbum para que la prole, una vez crecida, descubra el valor de un buen pasado al calor de un encuentro familiar o sorprenda a sus padres con profundas observaciones: “¿Y por qué no lo hiciste en Internet; Flickr por ejemplo? ¿Papi, por qué las páginas se pegan, no tenían adhesivo esos caramelos?”. Tanto poder llevan en sí los caramelos o cromos, que han llegado a convertirse en el papel moneda entre estudiantes de algunos colegios donde se intercambian juguetes y alimentos por caramelos harto deseados; transacciones prohibidas por las directivas docentes pero que tienen un elemento de emprendimiento básico e ingenioso trueque.

Medellín es un caramelo, ha propiciado que en algunos espacios de la ciudad se vean aficionados, grandes y pequeños, tirados en el suelo y sin rubor, pegando e intercambiando láminas para este álbum que se configura como un ejercicio de integración, de apropiación del territorio a través de unas imágenes que nos acercan a la ciudad, y de unas costumbres que nos identifican como comunidad; un ejercicio de comunicación y tejido humano, lejano de una actividad exclusivamente comercial.

Hoy, la posibilidad de acceder a través de Internet a millones de imágenes a través de los oráculos virtuales, mengüe, en ciertos públicos quizás, la afición a coleccionar imágenes a través de los álbumes de cromos; pero ciertas temáticas reviven por momentos este tipo de afición. La invitación a jugar con Medellín es un caramelo, está abierta para que, en algunos años, este álbum sea como urna en espera de que sus sellos sean abiertos, para observar con nostalgia y alegría una ciudad en acelerada transformación. Eso sí, para tal época las páginas no estarán pegadas entre sí, pues los de hoy, son láminas “modernas”. No haga como dos amigos que me ayudan a llenar el mío: “Estamos felices llenando y recordando, pero el cansancio fue echarle pegamento a cada caramelo”. Alfredo, Nohelia: los caramelos tienen su adhesivo ¡Plop!.

De 5 años y ya con fierro en la escuela

Solo tiene cinco años y ya carga el fierro para la escuela. Se lo encaleta entre el pantalón y entra al salón sin que sus profes se den cuenta que lo lleva. Al salir al descanso, saca el fierro, el tote, la pistola; le apunta a un compañero elegido al azar y dispara ¡PUM! Se lo tumba. Se lo lleva. Se lo baja. Tiene solo cinco años y se ríe con lo que acaba de hacer.

La profesora sale angustiada del salón y observa tal escena, llama al niño con su arma y al que yace tirado en el suelo, les insiste en entrar y en no jugar con armas, así sean de juguete, así sea con balas de aire y onomatopeyas asesinas. –Presta para acá, no deberías jugar con eso-. Luego, interviene la sicóloga y continúa un devenir de acciones en el Centro Infantil San Blas, comuna 3 de Medellín.

Esta historia se repite en la sede de la Fundación Solidaria, de la Universidad Pontificia Bolivariana, en convenio con la Corporación Educativa Nueva Gente, Coringe, que atiende a 300 niños en el marco del programa Buen Comienzo, de la Alcaldía de Medellín.

Por ello, el grupo de trabajo de esta institución, bajo la coordinación de Élika Acevedo, tienen programado para el 28 de septiembre un desarme simbólico con la presencia de la Policía Comunitaria de la Estación Jardín. Los niños entregarán sus juguetes bélicos en un acto de sensibilización, paz y convivencia; lo harán y serán recompensados con algún dulce.

Campañas como estas, en las comunas donde existen flagelos de violencia, buscan sembrar valores en estos niños, crecidos en la orilla de la violencia y alimentados con imágenes de sangre, terror y armas; además de unos valores invertidos donde, el poder de un arma, es el anhelo de estos pequeños. Qué se puede pensar cuando uno de esos chiquillos comienza a revelar datos del entorno familiar: “Ah, profe, es que mi papá estaba limpiando el fierro…”.

Las ideas son muchas; las ganas, todas; pero las limitaciones también. La idea original de la coordinadora Élika Acevedo, era de cambiar “armas” por juguetes creativos, no bélicos, pero la premura del tiempo y de la economía, hacen que solo tenga algunos dulces para canjear en este primer desarme simbólico.

Quienes quieran conocer este lugar:

    Contactos al (574) 571 29 36, Diana Flórez (Sicóloga), Claudia López (Nutricionista), Élika Acevedo.

    Si desean desatender a sus egos y ver la realidad de otros sectores menos favorecidos o golpeados por la violencia, les invito a llamar o conocer esta iniciativa del Centro Infantil San Blas. Si desean donar felicidad a 300 niños y compartir sus riquezas con ellos… ¡Ya saben!

    Foto tomada en visita al Centro Infantil San Blas. Juan Pablo Ramírez, Galileanos. Carlos Múnera.

    Amores del piso. Cartas recogidas del piso


    En el Medellín que no se ve a simple vista, sorpresas deparan sus calles.

    Crónica publicada el 6 de agosto de 2006 en el suplemento GENERACIÓN del periódico El Colombiano,

    A Julio César alguien lo extraña. Otra, pide a Dios un nuevo empleo y pagar sus deudas. Ovidio le da 10.000 a Esther para el pescado y los pasajes. Wilder no quiere que ella le despache más el almuerzo. El Negro la ilusionó en los alumbrados. No sé a quién, trataron de arrimada y limosnera. Muchos “chatean” en clase. Una pareja se cita en un baño…

    Soy yo, el coleccionista de cartas de amor recogidas del suelo, un “voyeurista” de amores ajenos. Veo una ciudad que otros no ven, una ciudad a ras de piso, que me cuenta sus historias de amores y sinrazones. No es que camine mirando para el piso siempre, es que ya las huelo, ya sé cuál puede ser una de ellas, son evidentes ya para mí; aunque a veces levanto cuentas inútiles, exámenes perdidos, tareas incompletas o hasta un teléfono de “Concel”. Es que la gente ya no bota billetes como antes, sino, me dedicaba a eso.

    No se quién más tenga esta afición, pero yo camino siempre buscando una nueva historia, un nuevo pleito, un viejo enredo. Mi placer es completar historias rotas, imaginarme los personajes implicados, inventarme sus trabajos, ver por el rabillo del ojo más allá de las letras, entrar en la casa de algunos y conocer sus conflictos, ser testigo de engaños, escuchar patente el tono de los reclamos. Hasta sé cómo se visten mis personajes, cómo lloran o cómo se enamoran.Esas cartas que recojo son un festín semiótico para alguien que trabaja con la imagen (diseño gráfico). El tipo de letra me dice que es mujer, el doblez me dice que la guardó en una billetera, el cambio de estilo y de roles me dice que es un “chat” en papel; la ortografía y el texto, me revelan el grado de escolaridad, los pedazos rotos me gritan dolor y entre más piezas, más dolor; el tipo de letra me da la personalidad.

    Ellas son evidentes a mi paso: Asomos de tinta de bolígrafo, algún nombre y dos puntos, desechadas, arrugadas o rotas en 16 pedazos de los que encuentro 13 -justo el nombre del firmante ¡Qué falla!- …Sí, es que también las armo; me siento como arqueólogo con pinzas y cepillo a limpiarlas, unirlas, ordenarlas y pegarlas con la pasión con que armaría un rollo del Mar Muerto o alguno de mis rompecabezas, para entrar al final, a una nueva casa, una nueva relación, un nuevo amor o uno que otro disgusto.

    Pero antes de armarlas tengo que encontrarlas y los días soleados no son los mejores, pues la mayoría las encuentro en inviernos lentos. Completar algunas de ellas me ha llevado incluso a repetir la búsqueda por tres días -15 minutos por día ¡tampoco!- , a meter mi brazo en una alcantarilla por fortuna limpia, a agacharme en plena calle Carabobo, a mojarme en plena lluvia buscando dos piezas clave.

    Yo, que vendí tarjetas hechas a mano en el Politécnico Colombiano, que escuché atento historias varias para redactar cartas de amor con mi pluma y letra, veo hoy el otro lado un poco más oscuro, el lado del reclamo y el desamor, de la angustia y del dolor, también las de amor, de colegiales, adolescentes y mayores.

    Soy un amante de la ciudad, soy caminante, leo historias urbanas, crónicas; leo también textos en los baños universitarios, en el espaldar de las sillas de los buses; los textos en pared de algún sindicato, las hojas de atrás de los cuadernos, los rayones en los libros. Todo habla, todo revela, todo me produce una sonrisa. Una pregunta.

    Hoy las guardo justamente en una caja de lata donde vino uno de mis rompecabezas, otra de mis aficiones. Sigo a la espera de más cartas; algunos que saben de mi manía me ofrecen las suyas, pero les digo que no saben lo mismo, que las prefiero inéditas, anónimas y de la calle o dentro de los libros, abandonadas unas, rotas otras.

    Por el momento les cuento… Que alguien allá luchará por Juan José. Que una Diana ve la vida con más claridad. Que Marlon siempre estará ahí, para cuando lo necesites. Que feliz Día de la Mujer para Ermelia. Que Rodrigo tiene unos ojos tiernos.Que usted que me está leyendo, está pensando en quemarlas la próxima vez… Déjelas por ahí, no le hacen mal a nadie y sí feliz a mí.

    Lo dicho, dicho está. Fragmentos tomados de las cartas encontradas. Se conservan la redacción y la ortografía original. Carlos Múnera registra en su diario el lugar del encuentro de la misiva y el estado físico de la misma:

    Encontrada el 13 de abril de 2006. Bello, cerca de la autopista

    … mas aburridor de my vida por porque me trataron de arrimada y tambien me trataron de limosnera pero yo me quede hay por que yo queria seguir estudiando y el estudio era lo unico que yo anelaba pero fue tan aburridor por que por medio de esos disgustos tambien medijieron que me iva a quedar …

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    Encontrada el 16 de agosto de 2004. Parque de los Deseos

    hola como estas epero que vien te escribo esta carta para decirte que feliz dia de la mujer y q´gracias por averme cuidado en todo este tiempo perdón por averme manejado muy mal con tigo estoy muy arrepentida por aver hecho cosas malas feliz dia de la mujer te quiero mucho

    TQM mamita

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    Envigado. Sin Fecha al recogerla. Reverso de resultados de las loterías

    Wilson la nostalgia seva apoderando de mi pero tu ausencia me duele hablame para saber a que me atengo Doris

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    Avenida Cabañitas. Encontrada el 20 de febrero de 2005, 1:00 p.m. *Nombres cambiados

    Orlando*: Nunca habia conocido a un hombre tan mentiroso como usted. Q vive muy mal con maria* y duerme en la misma habitacion con ella, la saca a comer al centro, le regalo celular para que lo pueda localizar facil, por eso es que usted lo apaga. pero es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted. yo me pregunto q estoy asiendo con usted. si usted desde hace mucho tiempo se olvido que yo necesito muchas cosas. pero para mi no hay plata, siempre tiene gastos. pero a doña Maria, le saca de la revista y tiene de todo.otra cosa cada q usted esta tomando dice que esta con un compañero, yo estoy segura que es mentira no le comento de otras cosas que me di cuenta por que no vale la pena.Orlando: usted ultimamente me da 10000 para comprar pescado y los pasajes. yo no necesito nada mas pescado. yo entiendo que usted tiene una obligacion. pero antes no era asi con migo. ultimamente se esta dejando con algunas obligaciones que tenia con migo. y yo creo q tengo algunos derechos como la mujer q según usted lo hace feliz: hasta pronto Yolanda*

    Carabobo, sector La Alpujarra. Encontrada el 1 de agosto de 2005, 7:15 a.m

    ¡Por el tubo del medio, por favor!

    Los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana.

    Publicado el 7 de mayo de 2011, en El Colombiano, página 2A, ver en el original…

    Varias señoras esperan bus en el paradero de una esquina, todas usan lentes, cada una espera una ruta distinta. A dos cuadras de distancia se acerca un bus, una de ellas lo reconoce y comienza a despedirse, se monta y se va. Al rato, la segunda se despide de quien queda, pues identifica, a una cuadra de distancia, que el bus de su ruta se acerca. La tercera queda sola y espera el suyo, que por cierto ya se acerca, pues lo reconoce de lejos.

    Esta capacidad de reconocer la ruta o el bus que se espera es posible gracias a que cada cooperativa de transportes ha vestido sus buses y busetas con colores corporativos que la gente asocia de manera efectiva. Es posible identificar a la distancia los de Laureles, Belén, Manrique, Envigado, Girardota, entre muchos, pero para reconocer las rutas de las busetas alimentadoras del Metro hay que esperar a que estén a la distancia necesaria para leer la tabla de la ruta por donde pasará. He aquí el núcleo del asunto que quiero abordar.

    Hace poco una amiga, docente del área del diseño gráfico, me preguntó por algún problema de comunicación visual real para abordarlo desde la investigación. Le di algunas ideas y una de ellas se quedó en mi cabeza. Se está perdiendo la estética popular de nuestros buses, y digo nuestros porque transmiten la manera de ser: alegres, efusivos, extrovertidos y llenos de valores familiares.

    Y es que cada vez que el parque automotor se renueva, se deshacen prácticas intuitivas o aprendidas, como la de customizar los buses con una cantidad de “rituales” como “bautizar” o llamarlos con el nombre de una mujer, pegarles fotos de la familia en la zona de cabina, escenas de ciudad, inmortalizar al cucarrón en la palanca de cambios y muchas más que hicieron incluso que Anthony Bourdain, en su paso por Medellín, obligara a ser paseado en uno de estos buses.

    Pero el enfoque del problema que quiero abordar está en la estética visual externa, la cual veo extinguirse con los nuevos sistemas de transporte. Reconozco el impacto positivo de hacer del transporte un sistema para generar movilidad, pero la uniformidad que se percibe está haciendo desaparecer un rasgo casi “señalético” en la función de la gráfica externa de los buses, que va más allá del asunto de imagen o cultura corporativa de las cooperativas de transporte. Creo que la gama visible de colores y las variadas combinaciones son muy amplias como para simplificar la gráfica a un simple baño de verde o de blanco.

    Se debe reconocer que los variados juegos geométricos y de color en las latas de buses y busetas hacen las veces de indicativos que la gente ha asociado con rutas, recorridos y posicionado en la memoria urbana. Hacen parte del paisaje visual, iluminan el espectro visible, recrean a usuarios, se vuelven objeto de la mirada de quienes visitan nuestra ciudad. He conocido a personas que sin saber leer, reconocen el bus que pasa por su ruta, y le “ponen la mano” sin temor al error y, por si acaso, refuerzan con una breve pregunta al conductor una vez se detiene. Hoy, dichas personas tienen que “ponerles la mano” a todos hasta que acierten con el que necesitan.

    Creo que la administración pública debería tener en cuenta a todas las universidades que tengan programas relacionados con la comunicación visual, el diseño y las artes, para reinterpretar y rescatar esta estética y hacer uso de ella en estos nuevos sistemas que se vienen configurando y planeando para que no simplifiquemos el vestido de un bus a un color o a envolverlo con publicidad. Para hacerlo desde las distintas disciplinas del diseño o del concurso de las mismas, para hacerlo de manera bella, aceptable, ordenada.

    Hace poco, hablando acerca del programa Diseño Visual del Paisaje con un par de académico de la Universidad del Valle, me contaba que la misma tristeza se siente en Cali para con los buses llamados papagayos, entre otros, por causa de esas nuevas rutas de sistemas integrados de transporte. Insisto en que estas contrataciones públicas no pueden dejar de lado la imagen de algo que está en el imaginario colectivo, además de las tipografías populares de las rutas de los buses reconocidas, incluso, en Latinoamérica, las líneas y figuras geométricas en plóter de corte con sus diferentes combinaciones de color. Todos estos elementos comunican la idea festiva y alegre de nuestra cultura y jamás deberá asociarse al concepto de pobreza, tampoco de desorden.

    La uniformidad del parque automotor deberá reflejarse en la permanente capacitación de sus conductores, el trato amable con sus clientes, el respeto, en la seguridad de sus motores, en el buen estado de las llantas, en la prudencia y acatamiento del código de tránsito, etc.

    Que vuelvan la ‘Ñata’, la ‘Niña Bonita’, ‘Tuyo es mi corazón’, ‘La Preciosa’, ‘Leydi Di’ y todas las busetas y buses con su color, con su geometría lineal, sus colores vivos, “saquen menudita, por favor, y córranse por el tubo del medio”.

    Monigotes: Gramática visual de un garabato

    Texto publicado originalmente en Generación, suplemento de El Colombiano, el domingo 28 de octubre de 2007

    • Los dibujos realizados por los niños encierran un mundo particular, sin esquemas ni reglas.

    Papá es un gigante que no cabe por la puerta y tendrá que dormir afuera de la casa, porque mide tres veces lo que la mamá. El bombillo ilumina todo el día. Los carros rastrillan sus latas desplazándose de lado. Los hombres son más grandes que los árboles, las flores más altas que las casas. Los aviones tienen alas arriba y abajo. Un hombre no sólo está secuestrado, está sitiado por decenas de rejas que coartan su libre movilidad.

    Pudiera ser una escena a todo color del Guernica, de Pablo Picasso, o las formas al gouache de Matisse en su última etapa, pero son las bellas y espectaculares representaciones de la vida real, que los niños hacen cuando se abre algún concurso de pintura infantil, cuando ociosos descubren las misteriosas últimas hojas de los cuadernos o simplemente cuando su alma quiere crear.

    Obras éstas exhibidas en escritorios de trabajo que se transforman en galerías debajo de los vidrios, pegadas itinerantes en la nevera de la casa o colgadas sobre mamparas de centros comerciales o desechadas en las calles.

    Acercarse a los dibujos de los niños, es adentrarse al interior de su familia y las relaciones simbólicas o de poder que allí se desarrollan. Color, intensidad del trazo, ubicación en el papel, tamaño de los elementos; son variables que permiten entrever más allá del simple monigote, apreciado por unos y desapercibido para otros.

    De manera natural, los infantes pintan su familia, las vacaciones inmediatamente terminadas, los paisajes “naturales” o la típica casa de techo a dos aguas con el bombillo prendido, así el sol esté en su máximo esplendor, un sol con pelos parados que nunca se queman. ¡Qué inteligencia! Proyectar en el papel, los rayos de luz que emanan invisibles desde el sol, representados por unas cuantas líneas con simetría radial alrededor de una circunferencia. Con el mismo principio se ilustra el crecimiento del cabello. Pasado un tiempo, pone de manifiesto, la Ley de la Gravedad y comienza a peinar cabellos. Curioso también la valoración masculina que adquiere el astro mayor, al tomar cara de hombre en complemento con la feminidad de Selene. Es chistoso ver dichas exposiciones en cualquier centro comercial y adentrarse en hogares donde el papá tiene barba y usa bolígrafos en el bolsillo de la camisa, la mamá usa gafas y tiene ese vestido de flores. Unos se pintan pequeños y dejan ver a sus padres como héroes. En los barrios populares expresan de mejor manera la violencia que en estratos más altos, pero todos ellos ilustran caras con sonrisas. Todos ellos saben cómo dibujar la amistad y las mascotas no pasan desapercibidas.

    Despojados de cualquier conocimiento previo, estos pequeños dibujantes realizan garabatos basados en su propia percepción, que a la vista de muchos adultos, se convierten en la ilustración de mundos fantásticos por el despojo de reglas visuales y alimentadas más bien por sus propias interpretaciones, inconscientes a veces. Son complejas escenas basadas en la realidad circundante y en las valoraciones simbólicas de cada elemento. Es una gramática visual que se cocina permanente en la mente del niño, una gramática que se presta a códigos aprendidos de otros niños, códigos que ya no le son propios y terminan a veces por entorpecer el lenguaje personal; otras veces por la instrucción insana de los padres queriendo corregir en los niños, pictogramas que no corresponden a las convenciones sociales y que ya se los quisiera Joan Miró. Éste último, se detuvo una vez a ver un inédito rayón infantil hecho de tiza en una pared cualquiera, en algún lugar de España. Observó aquel trazo muy parecido a los de su obra. Se detuvo, admiró, se reconoció.

    En esta amalgama de estilos, es posible ver una gramática formal alimentada por perspectivas renacentistas, perfiles con profundidad egipcia, profundidades al estilo clásico. Picasso y Miró entre otros, exploraban las formas para llegar a una síntesis como en el Toro, del primero; por el contrario, algunos regañan, castigan y retuercen el lenguaje propio de cada pequeño individuo, guiándolo a prototipos ya establecidos y poco originales, como ciertas muñequitas que dibujan las adolescentes en sus cuadernos. Por mucha tecnología que exista en cada época, por demasiadas que sean las herramientas de diseño, el mundo entero y lo porvenir, están contenidos en una barra de grafito.

    No dudo del amor que Yeferson Estiven tiene por su madre cuando en una biblioteca de la ciudad le puse a dibujar su familia (imagen anterior). Comenzó por ella, siguió con otra figura y terminó con un último personaje más pequeño que los anteriores, no me sorprendí ante su confesión de que aquel pequeño monigote no era su representación, sino la de su padrastro; ubicado por demás, al lado opuesto que la de él. Yeferson valoró simbólicamente a los integrantes de su núcleo y estableció las relaciones que se dan allí. ¡Eso sí, borró cantidades!

    Para los que saben, entre mis cartas del suelo, tengo varios garabatos y rayones abstractos, típicos de cuando se conversa por teléfono o no se pone atención en clase. ¿Le suena familiar?