Archivo de la categoría: Cotidianidad

De arvejas, habichuelas y otros "preparitos"

La uña del pulgar, algo larga, se clava sobre la nervadura de la vaina, para que de ella salga la arveja que se necesita para ajustar para la sopa de “alverjas”. Luego, la habichuela es picada en trocitos que se harán más amables en la boca. La zanahoria tambiés es dispuesta en pequeños trozos. Todo ellos se revuelve con la mano para que el comprador se lleve una equitativa bolsa, hecha para los perezosos de la cocina, para quienes no tienen tiempo, para las nuevas generaciones que viven en apartamentos que ni tienen poyo con los huecos para la máquina de moler; para los que ya se jubilaron de la cocina y para los que la buscan más fácil.

La doña pone a “alzar” una arroz; verbo éste que no significa levantar sino preparar, ingenio popular expresado en el lenguaje. Decía, pues, que la doña comenzó la preparación de la sopa del día: legumbres; desamarrando la bolsa con una paciencia que no tiene quien escribe estas letras, y luego vaciando el contenido en una agua sal que ya comienza a burbujear. ¿A quién se le ocurre escribir de una acción tan cotidiana y sencilla? De eso trata este blog. No dilatemos, que la sopa va adelante. En el fogón vecino, yace un trozo de carne, estrato dos: cáscara, asándose y soltando una humareda con sabor atrayente. Las rollizas manos de quien cocina, echan sal y pimienta roja sobre el asado. En el fogón ubicado de manera perpendicular a estas dos preparaciones, están fritándose dos dulcísimos y y dorados plátanos maduros.

Permítanme detenerme un momento en estas letras para escuchar la fritura del maduro que ya ha estimulado mis salivares: [ssssssrrrrrrrs sssrrrr, zzzzzrrrrrttt] . Deseaba continuar en esta descripción de una mañana cualquiera, pero este último dato, el del maduro, me ha dejado estimulado a prepararme uno. Luego nos vemos.

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Agua, vida y verdad

¡Nunca le niegue agua a nadie que venga a pedir! decían mi madre y mi abuela, refiriéndose a los mendigos que tocaran a la puerta de la casa. Sucedía, entonces, que varias personas tocaban la puerta de la casa con una frecuencia exacta. Al llamado, mi abuela me decía: “Vaya ábrale, que esa es la señora de los martes”. nunca supe su nombre, era muda, a veces entraba a casa y planchaba la ropa que hubiera; lo único que siempre supe era que se llamaba “La señora de los martes”.

El hermoso, transparente y bendecido líquido será en breve, el motivo de las guerras. Ya no será el microtráfico de estupefacientes, sino el microtráfico de vasitos de agua. Quien la tenga, quien tenga un yacimiento del precioso líquido, tendrá el poder. Desde ya se está comenzando a comercializar el agua, enfrascándolas y etiquetándolas para venderse más caras que jugo en leche.

Me gustaría saber cómo es el tema del agua en Europa y Asia. Invito a los lectores radicados en estos países a que nos compartan hechos reales con respecto al agua. Jacobo Zimerman ¿cómo es la cosa en Israel?

Y vos que estás asomao ¿qué es lo que tanto mirás?

Hay miradas que no miran para afuera sino que enfocan pensamientos gelatinosos; hay detenimientos que hace la mirada para concentrarse en lo intangible: el futuro. Qué será de mañana, qué será de las cuentas, qué será la comida, qué será de Tulio ¿lo matarían?

Hay miradas que valen doscientos pesos de alegría, y hay las que valen en barra de metal precioso. Hay otras miradas serias, pacatas para con el goce del día, llamémosla tímidas porque pacatas no son -¡no sea atrevido! señor escribano-. hay miradas que mueven los músculos internos de una mirada turbia. Hay miradas que no se pueden mirar porque hieren, cortan, deslizan cuchillas sobre la parte superficial del alma.

Hay miradas que se enfocan en un mosco que fastidia la mañana o la tarde lenta. Otras, se clavan por minutos en el cogollito que está retoñando en la reciente matera. Hay miradas, como la mía en ocasiones, que no se despegan de la arepa que reposa en la parrilla, porque al menos descuido se pone morena la muy maicena.

Hay miradas que se despiden en el retrete; las hay electrizantes en el Metro o en el bus. Hay miradas que se tornan frías cuando el hilo de sangre desfila entre las ropas de un cuerpo frío. hay miradas que se alzan para pedir vida, sanidad y sonrisa. Las hay, que se detienen fijamente en ese plato recién servido por manos cariñosas, con un humo que escala hasta colarse entre los pelos de la nariz y treparse más allá hasta el cerebro.

OITES VOS… ¿Y VOS QUÉS LO QUE TANTO MIRAS? ¡CONTAME, PUES! -interactúa-

Foto: Plaza Minorista

Fragancias matutinas

De las casas de la gente que trabaja salen fragancias matutinas que, al pasar del día, se convierten en olores un poco más gastados o, digámoslo de una vez, olores más bien curtidos. De la mañana de las casas salen tostados en el aire que nos llevan a imaginar una arepa de maíz que fue amasada a mano por una mano pecosa por el tiempo curtido de recuerdos; se asoman todo tipo de perfumes y fragancias: elegantes, unas; populares, otras. Unas, muy empalagosas y dicharacheras, como el vestido variopinto de quien las lleva; otras, son una pérdida de tiempo, y de plata, porque a los pocos segundos ya no se sienta nada. De otras casas, salen los perfumes del jabón de tocador que han bañado al trabajador que ya se alista. Salen los humos del chocolate llevando el aviso de que está caliente, y servido, y enfriándose también. Salen los polvos que empayasan sobacos y asustan a los pies, que ya parecen de muerto. Salen alientos de boca recién juagada; salen buches de un laberinto de gárgaras oliendo a juagatorios dentales.

De las casas de la gente que trabaja salen muchos olores. Prefiero los de la arepa que se va tostando lento en fogones de leña, y de las mieles que salen por el aire de una aguapanela recién hervida.

¿Qué recuerdo traerías al presente?

La vida es, entre infinidad de definiciones, la secuencia o el cúmulo de recuerdos que podamos tener; por ello, nos ayudamos de cámaras fotográficas, de textos diarios, de imágenes mentales e impresiones visuales. Los recuerdos, son aquella información que nos liga a un tiempo vivido, algo que ya no podemos tocar, pues, ni nosotros mismos somos los que nacimos, en el sentido de que nuestras células hace rato fueron barridas en cada oficio diario dentro de casa.

Parecería que los recuerdos son “cosas” viejas, pegadas en álbumes otoñales, imágenes llenas de óxido, telarañas, polvo y pátina; pero nuestros recuerdos son instantes frescos que esán a la orden de nuestra mente para decirnos que estamos vivos, que hemos sido testigos de la alegría, que la felicidad sí ha estado ahí. Tenemos más capacidades de recordar momentos alegres junto con sus sensaciones, que el recuerdo de las sensaciones de los momentos “malos”.

Cuando muere alguien, se lleva su único patrimonio: el recuerdo de lo vivido; hereda la alegría, pero el recuerdo se va consigo, porque cada uno tenemos nuestro paquete de recuerdos. Quien recuerda, vuelve a montar en cicla, aprende a leer de nuevo, vuelve a rasparse con alegría la rodilla, vuelve a oler el pasto recién cortado, vuelve a sentir la montañera fragancia de la leña quemándose, vuelve a tomarse el jugo de naranja con banano o el de tomate chonto “pa’ que coja color”.

AYÚDENME…

¿Qué recuerdos se te vienen? ¿Qué traerías de nuevo al presente?

De cuando el televisor no tenía control remoto – Soliloquio

Hay muchas cosas que la niñez de hoy ni se imagina que sucedía. A veces, los hijos le preguntan a los padres ¿cómo hacían para vivir sin celular? ¿entonces, cómo hacían?. Hoy, la señal de televisión llega a miles de hogares vía cable y suscripción ¿y es que había otro modo? ¡Claro! La Cadena 1 y la Cadena 2, nos llegaban vía aérea. ¡Detente! ¿Cómo así que Cadena Uno y Dos? ¿Y Discovery, y History, y NatGeo, en fin, y los demás canales?

Pues no. Los de común hogar, nosostros los cotidianos, los de a pie, sólo teníamos dos canales para disfrutar, y una variada parrilla que nos entretenía hasta que saliera el puntico y el pitido. ¿Qué pitido? Al terminar la señal a media noche, salían las barras que nos mandaban a dormir, y con ellas, un pitido que te obligaba hacerlo perentoriamente. ¿Y es que no era 24 horas? No, era televisión para el hogar, para la familia y hay que dormir.

En aquella época nos sabíamos de memoria la programación y no era tan necesario, incluso, el uso del control remoto. ¿Y cómo hacían para cambiar el canal? Nos parábamos y lo cambiábamos de la perilla; y si era el chico quien se paraba a cambiarla, se hacía hasta el borde de la cama para alcanzar al televisor que reposaba encima del chifonier y ya, sanseacabó. ¡Terrible! ¿Terrible, dices, por qué? ¡Qué época la tuya, qué atraso! No, así serás calificado cuando la telepatía llegue pronto y tus blacberrys sean objeto de burla. Solo espera. ¿Seguimos otro día? Dale.

Foto en Donmatías, norte de Antioquia.

Una mañana cualquiera en RGB

Enmarcada en los colores primarios del video: rojo, verde y azul, se desarrolla esta escena matutina: la joven haciéndose la de oídos sordos al agua que espera, represada, en el tubo de la ducha; la mama (sin tilde) o la abuela, que ambas funciones puede tener, habla con la doña que es su vecina, vecina de préstamos y confesiones, de tinto en la tarde y huevito prestado. La doña, quien no se ve muy bien, mal fotógrafo el bloguero éste que tomó la imagen y se perdió de más detalles para una incipiente historia; parece que tiene chismes por contar.

Amarillo de una caneca que hace las veces de matera, elemento significativo para la familia que no puede ir así de rápido a la basura pues ya le vemos la utilidad. Azul de fondo en casa de la doña, que de ella ya hablamos. Rojo, como elemento fático en dos rosas que prendieron de un cogollo, quizás robado, no porque sea ladrona, sino porque pasando por cualquier cuadra, vio un bello rosal y como forma de agradecimiento con la naturaleza, tomó prestado a la vida un “gajito” que “yo sé que en mi casa prende muy bien”, justifica la caminante.

Y así, así transcurre una mañana cualquiera en un barrio cualquiera. Mientras que en el centro de la urbe se matan por pasar calles, esquivar motociclistas irresponsables; en los barrio se espera más tranquilo el regreso de Elkin a la casa, se respira el aroma de una arepa que se va quemando o el olor de una leche que se derramó, “Maldinga sea, ¡Bendita! se derramó la leche ¿Usted no le estaba poniendo cuidao, pues?