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De arvejas, habichuelas y otros "preparitos"

La uña del pulgar, algo larga, se clava sobre la nervadura de la vaina, para que de ella salga la arveja que se necesita para ajustar para la sopa de “alverjas”. Luego, la habichuela es picada en trocitos que se harán más amables en la boca. La zanahoria tambiés es dispuesta en pequeños trozos. Todo ellos se revuelve con la mano para que el comprador se lleve una equitativa bolsa, hecha para los perezosos de la cocina, para quienes no tienen tiempo, para las nuevas generaciones que viven en apartamentos que ni tienen poyo con los huecos para la máquina de moler; para los que ya se jubilaron de la cocina y para los que la buscan más fácil.

La doña pone a “alzar” una arroz; verbo éste que no significa levantar sino preparar, ingenio popular expresado en el lenguaje. Decía, pues, que la doña comenzó la preparación de la sopa del día: legumbres; desamarrando la bolsa con una paciencia que no tiene quien escribe estas letras, y luego vaciando el contenido en una agua sal que ya comienza a burbujear. ¿A quién se le ocurre escribir de una acción tan cotidiana y sencilla? De eso trata este blog. No dilatemos, que la sopa va adelante. En el fogón vecino, yace un trozo de carne, estrato dos: cáscara, asándose y soltando una humareda con sabor atrayente. Las rollizas manos de quien cocina, echan sal y pimienta roja sobre el asado. En el fogón ubicado de manera perpendicular a estas dos preparaciones, están fritándose dos dulcísimos y y dorados plátanos maduros.

Permítanme detenerme un momento en estas letras para escuchar la fritura del maduro que ya ha estimulado mis salivares: [ssssssrrrrrrrs sssrrrr, zzzzzrrrrrttt] . Deseaba continuar en esta descripción de una mañana cualquiera, pero este último dato, el del maduro, me ha dejado estimulado a prepararme uno. Luego nos vemos.