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Cuando se buscan las ramas de nuestro Árbol de la Vida

Cuando el ser del hombre inventa habitáculo volador y viaja a la Luna, está realmente buscando su origen y una centena de respuestas a otros porqués. Busca el origen de su sangre y su substancia y para ello, invierte toda la vida, la consciencia y la de las generaciónes venideras, es decir, hereda las preguntas para que sean respondidas por otros con el avance de la tecnología.

Yo también intento mi viaje a la Luna en busca del origen de mi sangre. El combustible de mi habitáculo han sido las circustancias de mi nacimiento y el de mis ancestros: una cadena de madre-solterismo y ausencias de padre en mi línea materna. Una historia que se vive en muchos hogares.

Este árbol que antecede a mi existencia es la energía que me impulsa a conciliar mi pasado, para que un nuevo presente se presente en paz y en armonía y para enderezar algunas ramas de mi Árbol de la Vida para que los frutos venideros brillen con más alegría de la que gozo en esta existencia. Siempre supe del porcentaje que me corresponde de ancestro judío, por parte de mi abuelo Carlos Zímerman Clar, polaco de nacimiento pero paisa en crecimiento y desarrollo empresarial, fundador de la Panadería Medellín y de la Escuela Ana Frank, quien salió antes que la estructura nazi ocupara a Polonia en su primera arremetida.

Cada que el cine intenta acercarse a la manifestación de maldad extrema e inhumana que fue el holocausto, al que fueron sometidos judíos, gitanos, negros y homosexuales en Europa, algo dentro de mí, sangre o consciencia colectiva, se siente compungida y también comparte el dolor de tantas víctimas, entre ellos, mis bisabuelos.

Ahora gozo de más información de mis ancestros y estas fotos enriquecen mi acervo documental, que ilustran la ciudad de Lemberg, hoy de Ucrania, pero que para la época de niñez de mi abuelo, pertenecía a Polonia. Unas fotos llenas de fantasmas cuando se observan desde un perfil histórico. Jacobo Zimerman, amigo, tío, hijo de mi abuelo, también viajó hace poco a esta ciudad para reconocer su historia, su linaje y la historia de la cuna de tantas almas que hoy perduran en la memoria. Él nos presenta algunas de las fotos:

“Hoy es un parque. Los bombardeos destruyeron las viviendas en las que nació mi padre, Carlos Zimerman”.

“Estación de tren, desde la que salió nuestra familia hacia el exterminio en el campo de Belsek”.

“Esta es la escuela en la que mi padre estudió”.

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Hacer de tripas "fritazón"

Corrían los años mozos y de soltería del suscrito, tiempos llenos de fuerza e ímpetu ¿para qué tantos ánimos? para acompañar a madre y abuela, según la agenda de ámbas, a mercar en la Plaza Minorista, pues, ya habían pasado los tiempos del Pedrero.

El mozo éste que escribe, elegía lo mejor en fruta, verdura, legumbre y tubérculo, lo mejor y más económico. ¿Lo más difícil? lo de siempre, la azarosa escogencia de la yuca, que no puede salir pasmada, tiruda, afrechuda, paluda. Sin embargo, pocas veces llegó a la casa yuca mala, toda muy buena, ¡invitados todos!

Pero, así como en el súpermercado uno se lleva los antojitos, dulces, salados, harinosos; en la plaza tenía yo los míos, uno de ellos: la chunchurria o chunchullo que llaman, o simplemente, tripa de cerdo con su crema interior tan rechazada. Una vez llegados a la casa luego de tomar bus y solicitar el favor de abrir la puerta de atrás para subir con mayor comodidad, la abuela Juana, sabía que su próxima tarea antes de desempacar era desempacar el encargo y hacer de tripas, fritazón, previo lavado.

Era así como la casa se llenaba de los olores populares de la chunchurria frita, fritura que ha de ser bautizada con limón y cuñada con arepa, verbo este que significa “acompañar” (cuñar). Era el segundo desayuno de quien escribe porque no sale sin desayuno y trago de tinto previo. La casa, decía, se llenaba del aroma tan rechazado por muchos y tan anhelado por otros.

Chunchurria. Casera, frita, de buena procedencia, non sancta, rechazada en otras creencias, bendición del cielo o de la tierra para otros. Que se riegue el olor.

José María Ruiz, ¿y vos qué decís…?

Un domingo cualquiera NO es un domingo cualquiera

Un domingo lento, vivido al interior de la vivienda. Un domingo de esos que llaman “de pereza”. Un domingo silencioso donde, al abrir la nevera, se busca elegir qué antojo calmar pues la oferta es variada. Un domingo en la tarde en la cama viendo, con mi esposa, una película, pero no cualquier película. Un domingo con la casa aseada, tardeada después de un almuerzo rico en vitaminas, minerales y amor, tomado en familia.

Como dije, la película no era cualquiera: El Pianista, de Roman Polanski y con Adrien Brody; una adaptación a las memorias del músico polaco, de origen judío, Wladyslaw Szpilman. Historia que encaja con el título de este blog: Todos Somos Iguales, y que nos recuerda el valor de las cosas sencillas: el sabor de los alimentos, la tranquilidad del silencio, la sanadora frecuencia de la música clásica, el incomprensible valor del agua potable; quien tiene esas cosas es rico. Resalto estos valores para no hablar del drama judío y su holocausto, bien conocido.

Cada que me levanto en las noches por un leve llanto de Jacobo, aprovecho y recorro la casa y sé que mi espírito lanza una oración indecible que da gracias por tanta riqueza: agua, azúcar, sal, alimentos en la nevera y en la alacena, calidez en el clima bajo techo, sequedad en el piso de la casa, muebles cómodos, cortinas que embellecen, café aguardando, arroz, pasta… Un hijo sano que duerme tranquilo y una esposa ejemplar que reposa plácida. En El Pianista, Szpilman buscaba, con el afán de un hambriento, abrir una lata de ¿pepinos?, tomaba agua residual de un balde, masticaba trigo crudo, ablandaba ocho guisantes (fríjoles), cocinaba una papa podrida; y en pleno contexto de destrucción pudo apreciar el valor de la música, del silencio, de un cojín mullido, de una ventana para ver más allá de su encierro.

Si bien, Colombia no fue territorio del holocausto -aunque le debo mi existencia a la diáspora de mi abuelo polaco judío-, nuestro país tiene su propio drama, el cual no es necesario recordar. Los secuestrados son algunas de las personas a las que les han privado el placer de probar un pan fresco, un dulce de mora, una arepa caliente con mantequilla, un vaso de agua, un mecato cualquiera, un bocadillo; un olor a café con todas sus notas, escuchar una canción por voluntad, una almohada cómoda, una ropa limpia, un desodorante, una dosis de champú diario.

Este domingo cualquiera No ha sido un domingo cualquiera, ha sido un domingo de millonario, de rico; un domingo que no lo tienen algunos, un domingo de paz y riqueza, un domingo de amigos bendecidos, un domingo de lectores igualmente ricos. Amigos y lectores: salud, eco-nomía y amor para ustedes.

¡Ven pronto!

Una esposa conforme al corazón de Dios

¡Aún huelo a humo!

Cuando se pasa cerca a una quema de leña o se hace junto al fogón de leña donde se cocina un sancocho decembrino, la substancia de nuestro ser queda totalmente impregnada del olor de humo de leña. Anoche hubo una virtual fogata y ¡Aún huelo a humo!

Anoche recibí una fiesta sorpresa. Estuve engañado alrededor de un mes y yo, ingenuo, me comí todo el montaje que mi esposa preparó de manera impecable y espectacular. Anoche, fue el lanzamiento personal del libro El Coleccionista de cartas y fue una cálida y acogedora reunión de amigos. La presentación estuvo a cargo de la docente e investigadora, Lucía Victoria Torres, Comunicadora Social y Periodista, y de Carlos Mario Guisao, de igual profesión; ambos amigos personales. La presencia del Editor General de la Editorial UPB completó la mesa donde se revelaron las intimidades del libro y de algunas cartas.

Pero el presente texto no es para dar a conocer esta noticia, página personal de mi diario; sino, para exaltar la labor amorosa de mi esposa Diana, quien me ha dejado aún con el perfume de esa espectacular y conmovedora noche del 9 de mayo. Si el colectivo popular trae a la palabra el 3 de mayo y su famoso aguacero, yo traeré por siempre aquel 9 de mayo y su cálida noche.

Por múltiples razones, mi esposa Diana tomó el liderazgo de crear un lanzamiento para el libro, y para ello, se montó en la labor de inteligencia de escarbar entre mis amigos, ver cómo localizarlos e invitarlos y permearlos de picardía ante lo que se configuraba como una sorpresa: “No le cuenten nada que él no sabe”, solicitaba perentoriamente. Contarles todas las peripecias que tuvo qué hacer y todos los engaños a los que fui sometido reunirían aquí varios párrafos, así que me da miedo contar tanta vaina personal que quizás no les interese, pero permítanme hacerle este sencillo agradecimiento a su ser.

Alrededor de 80 personas respondieron a la efectiva convocatoria de Diana, mi esposa y Jacobo, a cuyo nombre estaba la invitación. Si algunos de mis amigos no recibieron llamado, fue porque le quedó difícil levantar el dato de contacto. Diana, Amor, gracias eternas por semejante regalo, por tu esfuerzo, dedicación y amor. Con razón tanta gentete admira, creételo. Y a quienes trabajaron cómplices contigo, ¡gracias!

¡Aún huelo a humo! Aún tengo en mi cabeza el encanto de una noche inolvidable. Perdón a los lectores por este texto tan íntimo, pero es mi homenaje a mi esposa.

La hormiga a la que no le gustó Freud

De niño, muy niño, asistía, llevado por mi abuela, a la Primera Iglesia Bautista de Medellín en la carrera Juan del Corral. Tales reuniones cúlticas eran demasiado pesadas para un niño que solo espera juego y fantasía. Es así como desde la banca conservadora y de madera del salón central del templo, me entretenía viendo las hormigas que pasaban por las baldosas del piso y creaba la historia de que iban por el camino del bien o por el de la condenación, según cambiara de baldosa: “Si se pasa para esta baldosa, se condenará…”.

Hace tiempos que no veía una hormiga de las pequeñas, negras; aquellas que llamábamos en el barrio “Buenas”, pues, las que picaban eran del diablo, y eran rojas. No conozco en teología o demonología, que el diablo sea creador o Señor de las Hormigas; sí sé de Baal Zebú o Belcebú, Señor de las Moscas. El caso es que ayer, en la Librería de la UPB, revisaba y leía algunas hojas de lo que será mi próxima compra: Sueños, recuerdos y pensamientos de C. G. Jung.

Entretenido en un capítulo especial de las percepciones de Jung de la vida después de la muerte; una hormiga interrumpió mi lectura para que, egocéntrica ella, depositara mi atención en su desplazamiento -o, quizás fui yo el desconcentrado-. Mi primera reacción, muy animal por cierto, fue intentar quitarla con la mano, ejercicio este que siempre termina con la muerte de este tipo de seres. Pero detuve mi mano y mi pensamiento, para abrir mi consciencia y reconocer que hace rato no veía este tipo de hormigas, lo que me indicaba que me ha faltado observar más, que no ha sido suficiente el mirar.

En fin, esta hormiga, interesada en el mismo tema mío, examinó el texto de manera objetual, distinto a mí. Caminó por el refilado vertical, se paseó entre la tipografía del título, rodeó la representación fotográfica de Jung a cierta edad, subió y recorrió el refilado superior, se metió entre la solapa y tuve que tener cuidado para que no se volviera parte de mi libro. Mi dedo fue acicate para que saliera de allí y se dejara fotografiar junto al título; no olvidó pasar por el lomo y pisar la editorial. Creo que era “Junguiana”; que a ésta, no le gustó Freud. Examinó, quizás, tres o cuatro arquetipos o se dejó envolver por el concepto de inconsciente colectivo, estuvo temerosa en el tema de la sinconicidad y puede, solamente puede, que no haya entendido muy bien aquello de la Individuación.

Interactuamos algunos minutos, aunque no sé si ella fue consciente o no. Yo salí a mis quéhaceres y ella se quedó revisando una revista con oferta literaria universitaria y, demás, se quedó para explorar más del tema. Fue una buena hora aquella.

¡Sabrá con qué estaba soñando!

Hace muchos años, cuando estaba en la universidad estudiando diseño…

* Mario, levántese para la “niversidá”.
* Mario, levántese, pues, que va a llegar tarde.
* Mario, párese, pues, sino, pa’qué lo pone a uno a levantarlo.
– ¿Ah? Sí, ya voy.
* Mario, lo va a coger la noche.
– -Msdffbueh- No, Mita, es que como a la profesora se le quebró un vidrio, dijo que no había que ir hoy. Porque no sé qué fue lo que pasó…
* ¡Ah, bueno!

Si usted, señor lector, no entendió; no se preocupe, mi abuela tampoco entendía las razones que yo le daba en estado de somnolencia profunda después de mis trasnochos. Para cuando volvía en sí, ya era tarde: no había posibilidad de repetir el parcial o entregar el trabajo. Y mi abue repetía “no sé qué de unos vidrios”. ¡Sabrá con qué estaba soñando! Vaya uno a saber…

Oítes ¿Sí es verdad que los mariscos…?

Siempre que digo que “NO”, entonces me dicen: “¡Vea! eso se lo pone así”, lo dicen, extendiendo el brazo con la muñeca hacia arriba y la mano izquierda tocando la dureza del antebrazo. “No, no como mariscos”. “¡Hombe, su mujé lo va agradecé”, insisten y concluyen que, definitivamente, soy un montañero -ellos le llaman cachaco-.

No, no como mariscos. Alguna vez le preguntaron a mi mamá: “Oiste, ‘Marle’, ¿sí es verdad eso de los mariscos?” / “¡Ay! mija, yo no sé pero cuando quedé en embarazo de Carlos Mario y a Johana, ambos fueron con  mariscos”.

Nota: No fue con mariscos que mi mamá quedó en embarazo. Solo es una figura literaria. ¡Fue con otra cosa!