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Los huevos de Quintero

A doña Caramela, gallina de campo, le fueron extraídos los huevos que diariamente empujaba con su cuerpo. Cada dolor como de parto le hacía cacarear cada mañana. Quintero, gallo arisco y de porte elegante, epseraba con ansia el producto de su montada; un prole de pollos que siguieran su costumbre de cantar todo el día. No solo a Caramela le fueron sacados sus huevos, a Pimienta también le quitaron los suyos que, por ser colorados, son más preciados.

Esos huevos frescos rodaron por el pueblo, fueron trasportados, enviados a ciudad grande, arrumados en plaza de mercado, comprados por tendero y enviados a barrio alto. Esos huevos frescos ya habían rodado más de quience días entre ires venires, entre venta y reventa. Cuando por fin llegaron a destino final, la impericia de un joven cargador provocó la segunda muerte de los huevos de Caramela y de Pimienta.

Los pollos de Quientero no nacieron, tampoco fueron velados sus restos, tampoco extrañados… Quedaron al alvedrío de algún indigente que quiera agarrarlos para alimento poco fresco…

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Se desgranó la mazorca…

Levántese, pues, Herminio, que nos cogió la nochebuena y no me ha molido el maíz que le pedí que me moliera. Vea que la paisa está prendida, la aguapanela lista y vos nada que te has mosqueado. Levántese, pues, viejo, que yo pa’ moler ya no doy; mis brazos están cansados y no me da pa’ la manibela.

Herminio, último llamado que le hago. si no se levanta ya mismo, olvídese que le sigo sirviendo los traguitos de cada mañana, olvídese de que le caliento sus pandequesos y su arepa montañera redondeada a mano.

Herminio, mijo, levántes pues que ya está haciendo hambrecita; ya tengo el sartén caliente y vos nada que abrís los ojos. Levantate, pues, tendé la cama que hoy nos viene visita. Acordate que hoy viene Amparo, la nieta, y a ella le encantan las arepitas de chócolo.

Herminio, mijo…

De arvejas, habichuelas y otros "preparitos"

La uña del pulgar, algo larga, se clava sobre la nervadura de la vaina, para que de ella salga la arveja que se necesita para ajustar para la sopa de “alverjas”. Luego, la habichuela es picada en trocitos que se harán más amables en la boca. La zanahoria tambiés es dispuesta en pequeños trozos. Todo ellos se revuelve con la mano para que el comprador se lleve una equitativa bolsa, hecha para los perezosos de la cocina, para quienes no tienen tiempo, para las nuevas generaciones que viven en apartamentos que ni tienen poyo con los huecos para la máquina de moler; para los que ya se jubilaron de la cocina y para los que la buscan más fácil.

La doña pone a “alzar” una arroz; verbo éste que no significa levantar sino preparar, ingenio popular expresado en el lenguaje. Decía, pues, que la doña comenzó la preparación de la sopa del día: legumbres; desamarrando la bolsa con una paciencia que no tiene quien escribe estas letras, y luego vaciando el contenido en una agua sal que ya comienza a burbujear. ¿A quién se le ocurre escribir de una acción tan cotidiana y sencilla? De eso trata este blog. No dilatemos, que la sopa va adelante. En el fogón vecino, yace un trozo de carne, estrato dos: cáscara, asándose y soltando una humareda con sabor atrayente. Las rollizas manos de quien cocina, echan sal y pimienta roja sobre el asado. En el fogón ubicado de manera perpendicular a estas dos preparaciones, están fritándose dos dulcísimos y y dorados plátanos maduros.

Permítanme detenerme un momento en estas letras para escuchar la fritura del maduro que ya ha estimulado mis salivares: [ssssssrrrrrrrs sssrrrr, zzzzzrrrrrttt] . Deseaba continuar en esta descripción de una mañana cualquiera, pero este último dato, el del maduro, me ha dejado estimulado a prepararme uno. Luego nos vemos.

Y aquí paró 'Lucho'…

Estas hermosas mujeres son las encargadas de continuar el sueño de un “loco” muy cuerdo, capaz de decirle al mundo de la alta cocina, que los restaurantes gourmet“, no tienen que estar en las millas de oro, ni en las calles de estrato 25; que pueden estar en los populares ambientes de las plazas de mercado, donde se conoce la verdadera, auténtica y trasparente vida de la clase obrera, la que constituye el grueso de la población en nuestro territorio.

Se trata de ‘Lucho’, creador del restaurante “gourmet”: Aquí paró Lucho, anclado en el piso inferior de la Plaza Minorista de Medellín y que se ha convertido en un hito de la ciudad, en épocas donde el tema de la cocina ha venido adquiriendo territorio en muchas personas. Medios de comunicación, cocineros de talla mundial y nacional y curiosos, han ido a conocer a este particular restaurante cuyos precios se distinguen entre los demás, existentes en la Plaza.

Pero el titular de esta entrada se debe a la temprana muerte de ‘Lucho’, soñador, visionario y realizador de esta fantástica idea. Por ello, es que estas mujeres son las continuadoras de lo que comienza a ser una tradición entre los amantes a la buena mesa. Dejaré el tema hasta aquí para que sean los curiosos quienes visiten el que yo llamo Museo del Color: la Plaza Minorista, José María Villa, de Medellín y de paso, se sientes a conversar con estas mujeres y animarse a pedir almuerzo… ¡prepare la billetera!

Reza la tarjeta: “En dos partes se come bien: en su cas y aquí también”. Sector 10, puesto 16, 2514985.

Como se cocinan los alimentos se cocinan los pensamientos

Como se cocinan los alimentos se cocinan los pensamientos. A veces, el fuego es purificador necesario para dejar solo los vestigios más finos. La tierra estará presente toda nuetra vida, pues nosotros mismos somos tierra. El fuego vendrá con la frecuencia necesaria cuando estemos muy soberbios. El agua nos dejará sentir su bondad cuando llueva sobre nosotros y nos permita un andar más resistible. El aire siempre estará allí; a veces, entrará por bocanadas más amplias a modo de descanso o sispiro final.

Este bodegón que ven tiene la presencia del hombre, así esté ausente; pero me impacta más es la textura del fondo: la tierra del barranco que fue arañada para crear concavidad que sirva como tienda temporal para unas ventas populares. Tomé la foto porque los colores me representan. Humo, óxido, dorado de las frituras, terracotas; variados cafés: guadua, palo, leños; todos ellos pátinas del tiempo, del clima y de la realidad.

Este bodegón me representa entanto hombre primitivo, hijo del tiempo, fugaz, débil; con la textura que me dan los pensamientos, con el color que me da el sol y con la dinámica que me da el fuego de la pasión por vivir.

Foto tomada en el Santuario de la Virgen del Jordán, Pereira, zona rural.

Empanadas guatapenses

Del maíz a la máquina, de la masa a la mesa, de la tabla a la mano, del sartén al escurridor, de la olla a otra mano, de la panza a la tierra y así, en un devenir que mantiene el rito de este alimento en permanente movimiento.

¿Qué llevan por dentro? lo que el hombre proyecte en ella: papa, carne, aliño, especias, verdura, asadura, o simple vacío para que solo se coma cobertura. ¿Con qué se acompaña? con lo disponible al gusto del cliente: café con leche, bebida gaseosa, jugo o encurtido solo que no hay necesidad de sobremesa.

¿Las ganancias? Muchas. Siempre serán la salida a la necesidad ¡Empanadas, que es lo que más se vende”, reza el dicho colectivo. Todo depende de la mano que las haga, entre más materna, mejores son; entre más amor, más vicio por ellas.

Empanadas a 200 pesos en el malecón de Guatapé.

Zócalos, calor y "mar" en Guatapé

Tener planes para ir a Guatapé significa hacer una lista de chequeo de objetos y vestuarios propios para ir a la playa: vestuario de baño o de bronceo, bronceadores y bloqueadores, comida, gafas de sol, sandalias apropiadas para el agua, etc. Eso, para el turista que se acerque a este municipio de Antioquia sabiendo que goza de las aguas de una gran represa o embalse y un malecón turístico. Otras personas que transaccionan con sus productos tendrán otra lista de chequeo: fertilizantes, costales, dinero en efectivo para la plaza, etc. Para otros, la lista se recortará a bebidas alcohólicas. En fin, Guatapé, su malecón y su zona rural tiene público para todo.

Como turista visual que soy de cada municipio o rincón que visito, siempre estarán presentes en mi ojo cazador, el color, la geometría, su gente, sus ventas, sus artesanías, etc. Y como sé de tantos lectores por fuera de Colombia, una que otra vez me gusta dejarlos con los antojos de nuestra tierra; para el caso, este coco bautizado en panela que llamamos coquitos o panelita de coco. Como para que sigan extrañando a Colombia y sigan anclados, de una u otra forma, al territorio. Los dejo con ese antojito y con un adelanto de zócalos, elemento visual por el que también se reconoce a este municipio.

Esta semana estará dedicada a Guatapé.

Jacobo Zímerman ¿Qué tal estas panelitas, tío? ¿Hay en Israel?