Archivo de la categoría: Chazas

Chazas en el parque de Filandia, Quindío

Un caspete, una chaza, un puesto de venta ambulante o estacionario; a mitad de camino, al final, al comienzo; un tinto, una fruta, una fritura; en banca, de paso o un paradito; siempre será bueno encontrarse con algún vendedor disponible que calme algún antojo.

La primera chaza está marcada por una tipografía esténcil, que deja en los ojos de sus letras, triángulos y cuadrados, y la combinación de estilos bold y light en algunas de sus letras, además del típico error de las letras hechas en esténcil: la N alrevés.

La última tienda la observé por su material, por la guadua y las figuras resultantes del trabajo con ella, esa geometría que brinda el material, un material que, por cierto, es propio de su zona cafetera.

Fotos en Filandia, Quindío

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Yo tuve chaza en el Poli

Chaza: puesto de venta fijo o ambulante. Caspete.

Mi madre ya no tuvo más empleo y a mí me dio por montar una chaza en el Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid. Llevaba años haciendo unas tarjetas a mano y una compañera de estudio que ya tenía montada su silla en el corredor (Junín), me vendió las primeras diez tarjetas. Dos días después fui yo el que sacó silla a Junín y montó lo que fue la única entrada de dinero a la casa.

Jamás me ha dado pena contar que fui vendedor ambulante mientras estudiaba Producción de Televisión; mis tarjetas eran a mano y los mensajes eran personalizados. Cada cliente llegaba y me contaba un rollo sentimental y yo lo traducía en algún dibujo hecho con colores Prismacolor y en un texto seco o romántico según el cliente.

De esta manera llegué a conocer los secretos del corazón de algunas decenas de estudiantes que entraban y salían permanentemente de la universidad. Supe de una hermosa mujer enamorada de un seminarista a punto de ser ordenado; de muchos hombres que el día anterior habían estado con ‘la otra’; hasta de un decano que quería festejar que su bebé de pocos meses, había terminado una larga jornada de estreñimiento (Sé que la tarjeta aún existe y la niña está grandecita).

Cada mañana sacaba una buena silla de algún salón sin clases y montaba el negocio. Madrugaba a las cuatro de la mañana o me acostaba a las doce de la noche anterior para dejar tarjetas listas. Desempacaba, exhibía las tarjetas y a esperar. Nunca fui de los vendedores necios y cansones, esperaba que mis tarjetas se vendieran solas. Y así fue: decanos, profesores, estudiantes y trabajadores fueron mis clientes por cuatro semestres, tiempos en los que me desesperaba un poco cuando la universidad comenzaba a poner problema por las ventas ambulantes. En la mañana llegaba al Politécnico con una tanda de tarjetas y por la noche llegaba a casa con algunos ingredientes de la canasta familiar hasta que logré reunir el dinero para mercar quincenalmente.

Pudiera haber sido una época dura y por lo contrario fue una época divertida y de muchas enseñanzas. El ver unos papelitos pintados convertidos en fríjol, carne, leche y pan; es algo satisfactorio, además, mi sitio de trabajo se convirtió en la llamada ‘oficina’ de los estudiantes de Televisión.

Traigo esta historia como reflexión ante la cantidad de vendedores ambulantes que buscan una entrada económica para el hogar. A los estudiantes que buscan convertir dulces, manillas, obleas, pasteles, empanadas y demás, en pasajes, pensión y comida. Estudiantes que buscan de manera sana, haciendo con sus manos, caricaturas, tarjetas, pasteles, empanadas, Brownies y tortas para vender.

Lo primero que deberá ser izado a la hora de tratar esos temas, será el RESPETO por la vida y la DIGNIDAD de los estudiantes. Esta reflexión la hago como respuesta a un correo recibido de la Organización de Chazas de la Universidad Nacional de Colombia ocu.presente@gmail.com.

La imagen superior corresponde a ventas ambulantes en el Alto de la Virgen, Guarne – Antioquia.

Cuando se iba a cine al "Centro"

Cuando iba a cine prefería ir al taetro El Cid, abajo del Parque de Berrío en Medellín. Para ir a disfrutar de alguna película, había que hacer una fila de media a una hora, dependiendo del éxito en cartelera. La fila se hacía en la acera de la calle en la que quedaba el teatro. Los vendedores de Chiclets Adams pasaban por cada uno de los integrantes de la fila, haciendo sonar la caja con los chiclets, ofrecían además, cigarrillos, confites, Chitos y rosquitas.

En el teatro fumaban y sacaban la “moga”, el mecato desde la casa, incluso, algunos compraban pollo afuera que olía y despertaba envidias y vergüenzas allí dentro. En la mitad de la película daban comerciales y se encendían las luces para que usted “Visite nuestra confitería”. Toda esta parafernalia que ocurría, se debía a que el mensajero de aquel teatro, debía ir corriendo hasta el Junín 1 ó 2, a llevar la lata con la primera parte de la película y así ahorrar costos de proyección.

La imagen corresponde a Bogotá, pero cuando vi los empaques de mecato, recordé mis pinitos como espectador de cine. Recomiendo buscar: La cambiadora de páginas.

Cuando se iba a cine al “Centro”

Cuando iba a cine prefería ir al taetro El Cid, abajo del Parque de Berrío en Medellín. Para ir a disfrutar de alguna película, había que hacer una fila de media a una hora, dependiendo del éxito en cartelera. La fila se hacía en la acera de la calle en la que quedaba el teatro. Los vendedores de Chiclets Adams pasaban por cada uno de los integrantes de la fila, haciendo sonar la caja con los chiclets, ofrecían además, cigarrillos, confites, Chitos y rosquitas.

En el teatro fumaban y sacaban la “moga”, el mecato desde la casa, incluso, algunos compraban pollo afuera que olía y despertaba envidias y vergüenzas allí dentro. En la mitad de la película daban comerciales y se encendían las luces para que usted “Visite nuestra confitería”. Toda esta parafernalia que ocurría, se debía a que el mensajero de aquel teatro, debía ir corriendo hasta el Junín 1 ó 2, a llevar la lata con la primera parte de la película y así ahorrar costos de proyección.

La imagen corresponde a Bogotá, pero cuando vi los empaques de mecato, recordé mis pinitos como espectador de cine. Recomiendo buscar: La cambiadora de páginas.

“Dios es el propietario de este negocio…”

Bajo el verde hospital, un verde muy presente en las clínicas del extinto Seguro Social, están las maderas que limitan el territorio de unos artículos ordenados de manera estratégica para su venta. Una caja, conocida en Medellín como chaza, hecha a mano con amor evidente, con calidad, calma y paciencia.

El los municipios alejados de las capitales, los relojes funcionan de otra manera: se percibe el tiempo de manera lenta. La calma cobija a los habitantes y la parsimonia está presente en mucha de sus actividades. Son concientes que la ineficiencia produce mejores obras, pues son hechas con calma y sin prisa (Un concepto de Max Neef).

A Sonsón lo percibí sin prisas, sin personas corriendo por calles y aceras, sin carros ni motos atacados por llegar primero. En municipios así, las cosas pequeñas se perciben mejor.

"Dios es el propietario de este negocio…"

Bajo el verde hospital, un verde muy presente en las clínicas del extinto Seguro Social, están las maderas que limitan el territorio de unos artículos ordenados de manera estratégica para su venta. Una caja, conocida en Medellín como chaza, hecha a mano con amor evidente, con calidad, calma y paciencia.

El los municipios alejados de las capitales, los relojes funcionan de otra manera: se percibe el tiempo de manera lenta. La calma cobija a los habitantes y la parsimonia está presente en mucha de sus actividades. Son concientes que la ineficiencia produce mejores obras, pues son hechas con calma y sin prisa (Un concepto de Max Neef).

A Sonsón lo percibí sin prisas, sin personas corriendo por calles y aceras, sin carros ni motos atacados por llegar primero. En municipios así, las cosas pequeñas se perciben mejor.