Archivo de la categoría: Arturo Guerrero

Es la cultura, idiota

Arturo Guerrero | Medellín | Publicado el 17 de agosto de 2011 en ElColombiano.com

Una universidad privada de Medellín emprende la campaña más vital en la Colombia de hoy. Le habría correspondido al Estado hacerlo pero, como ocurre con tantos asuntos, son los particulares los que suplen su ausencia. Seguir leyendo Es la cultura, idiota

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Entre los palos del tiempo

Arturo Guerrero | Medellín | Publicado el 27 de julio de 2011 en El Colombiano.com

La duración de una existencia individual no es un continuo homogéneo.

Un hombre son varios hombres, por lo menos seis, a lo largo de pieles que mutan cada siete años. Tal vez en la antigüedad este septenio biológico correspondía al lapso de cada ciclo. Seguir leyendo Entre los palos del tiempo

Para ayudar a Einstein

Arturo Guerrero | Publicado el 6 de julio de 2011 en El Colombiano.com

Quizá para el grueso público Albert Einstein es más conocido por sus frases luminosas acerca de cuestiones de humanismo, que por sus signos matemáticos sobre la relatividad. La física permanece en un sitial inaccesible, mientras el humor y penetración del sabio despelucado golpea la admiración de los legos.
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¡Hágase la música!

Arturo Guerrero | Medellín | Publicado el 27 de abril de 2011 en El Colombiano

Canto de chicharras sobre árboles del trópico. Ulular de sapos sobre humedales en tardes y noches. Acompañamiento de grillos hipotéticos, puntuales luminarias de luciérnagas, tal cual alcaraván que cruza graznando. Es el concierto de la pradera bajo el vapor que suda luego de un día tremendo.

Siéntese usted o acuéstese en medio de esta sinfonía y procure adivinar una lógica. Se levantan primero decibeles incoherentes en el flanco derecho. El turno cambia de repente hacia el rastrojo donde pastan sus últimas sombras vacas y caballos. Allá en el fondo de siluetas de árbol aúllan lamentos de ahorcado. No se ven los muertos, pero el aire los conoce.
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A lo que saben los besos

Arturo Guerrero | Medellín | Publicado el 13 de abril de 2011 en ElColombiano.com / Reproducido con autorización del autor.

Todas las cosas necesitan una segunda cosa. La mirada requiere una visión, el tacto queda huérfano sin caricia, oír no es nada si no se escucha. Quien mejor lo dice es el poeta quindiano Andrés Matías en esta sorprendente fórmula: “el beso sin amor sabe a boca”.

Está la boca y puede estar ese algo más que es el amor.

Pero puede no estar y entonces la carne no se eleva.

Lo que se aplica al beso es por fuerza extensible al acto de hacer el amor: el coito sin amor es una gimnasia, huele a sudores.

Teniendo en cuenta esta circunstancia, el poeta clásico Ovidio acuñó la célebre sentencia que con el paso de los siglos se ha hecho más cierta: “después del coito, el hombre es un animal triste”.

La liberalización del sexo, tarea heroica de la juventud de los años sesenta, resulta por lo menos ambigua. Es verdad que cayeron tabúes y miedos, culpas, prohibiciones y anatemas. Y que esto representó un viento afortunado. Pero el mundo creyó que había conquistado el último nuevo continente y que tenía a su merced un deleitoso Eldorado para uso y abuso.

De cerrojo, el sexo pasó a ser ventana de par en par.

Y el saldo de tristeza, repetido en tantas camas felices, resultó una moneda sin fondos. Los muchachos acumularon prosa en el centro mismo de la actividad más poética. Todo cobró color, sabor y textura de carne, cuando la humanidad anhelaba un espíritu.

Llegó incluso a erigirse el sexo sin amor en estandarte de modernidad y muestra de hombría. El amor, impasible, aguardó hasta contemplar el hastío de los perpetradores de la boca a secas. Niños nacieron como frutos no deseados de los malabares desnudos. Mujeres estragadas optaron por una liberación que a muchas condujo a un envejecimiento solitario.

Los órganos del deseo fueron castigados con una terrible enfermedad mortal y los libertinos debieron aprender por miedo lo que se negaron a comprender con sentimiento.

El mundo se fue llenando de solos y solas, los arquitectos se enriquecieron diseñando colmenas negadas por parejo a la compañía reposada y a los hijos.

Hoy queda claro que todas las cosas necesitan de otra cosa, que es grosero el uso del cuerpo si sus órganos no son reencantados. Y que el sabor natural de los besos no es la carne, sino la miel esquiva del al