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Con los pies descalzos y el alma desnuda

Espacios Pachopardo

Nada iguala tanto a nuestra sociedad consumista que los pies descalzos. Con la pata al suelo, el pobre y el rico se igualan sobre las asperezas de la vida, de pronto la diferencia está en los dolorosos callos que pisan superficies que aprietan la vida a cada paso. Pero descalzarse implica para muchos un problema de intimidad y recato. Por más talcos, cuidados y menjunjes; algunos adquieren un olor a pecueca y sacarse los zapatos en público o en privado arruinaría hasta un mal matrimonio. Qué decir de unas uñas descuidadas o las medias rotas y de mala calidad que sacan ventilaciones complicadas que dan pena y más cuando el dedo gordo o el pequeño asoman colorados entre el tejido.

Las mujeres gastan grandes sumas de dinero en el mantenimiento y tortura de sus pies, pese a juanetes, pie plano o desproporciones de uñas y callos. Les da pena mostrarlos desnudos, en chancletas, cotizas o alpargatas; deben buscar siempre un brillo, un lacito o cualquier decoración que disimule o tape esos dedos cortos y torcidos.

Debiera haber más espacios como el Parque de los Pies Descalzos, para que todos nos desinhibiéramos más, nos mostráramos como somos con la pata al suelo sin mayor recato; no puedo imaginarme cuantos “micos” menos tendríamos en nuestras leyes y reformas si lográramos que en los recintos del Congreso los “padres de la patria” anduvieran descalzos.