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Con los pies descalzos y el alma desnuda

Espacios Pachopardo

Nada iguala tanto a nuestra sociedad consumista que los pies descalzos. Con la pata al suelo, el pobre y el rico se igualan sobre las asperezas de la vida, de pronto la diferencia está en los dolorosos callos que pisan superficies que aprietan la vida a cada paso. Pero descalzarse implica para muchos un problema de intimidad y recato. Por más talcos, cuidados y menjunjes; algunos adquieren un olor a pecueca y sacarse los zapatos en público o en privado arruinaría hasta un mal matrimonio. Qué decir de unas uñas descuidadas o las medias rotas y de mala calidad que sacan ventilaciones complicadas que dan pena y más cuando el dedo gordo o el pequeño asoman colorados entre el tejido.

Las mujeres gastan grandes sumas de dinero en el mantenimiento y tortura de sus pies, pese a juanetes, pie plano o desproporciones de uñas y callos. Les da pena mostrarlos desnudos, en chancletas, cotizas o alpargatas; deben buscar siempre un brillo, un lacito o cualquier decoración que disimule o tape esos dedos cortos y torcidos.

Debiera haber más espacios como el Parque de los Pies Descalzos, para que todos nos desinhibiéramos más, nos mostráramos como somos con la pata al suelo sin mayor recato; no puedo imaginarme cuantos “micos” menos tendríamos en nuestras leyes y reformas si lográramos que en los recintos del Congreso los “padres de la patria” anduvieran descalzos.

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Algodón de azúcar – Espacios Pachopardo

Pachopardo recorre las calles de su territorio en municipios de Cundinamarca y mira como mira un urbanista, un arquitecto, un esculcador de manifestaciones estéticas. Hoy, nos trae un dulcesito.

Por Pachopardo

Un proceso artesanal, azúcar, calor, anilina y un motor; hacen que este dulce pegajoso de color rosado “Soacha” sea atractivo para infantes y enamorados. Pocos saben cómo y dónde se hace -es mejor seguir ignorándolo-. A veces recorren largos trayectos en destartalados buses cebolleros, otras veces aguantan las inclemencias del tiempo y en medio de los festivos alegran los parques y las ciclovías.

Puertas, aldabones y candados – Pachopardo

Herrajes desgastados por el uso, olvidados por muchos y bastante desconocidos por otros. Agresivos leones, faunos, pescados, guantes de damas esbeltas, calaveras o simples piedras colgadas con cabuya son los aldabones o golpeadores, hechos a mano, para la mano que anunciaban con afán o con discreción que hay alguien en la puerta.

Ahora reemplazados por porteros hoscos que exigen “célula” para permitir el ingreso a espacios reservados, previa confirmación del interior, o relucientes botones y cámaras inquisidoras que rastrean al desconocido.

Algunos trasplantados de viejas puertas de madera golpeadas y cubiertas de cientos de capas de pintura y de nostalgia a absurdos portones de lámina metálica. Claman un secuestro descarado para buscarles un lugar más noble.

Llaves perdidas en el olvido le abrirán estas cerraduras a tiempos pasados… ¡quizás mejores!

El motoso, la siesta o el sueñito…

Por Pachopardo. Bogotá.

Entrecerrar los ojos y dormir un rato. Hacer siesta pueden decir otros más elegantes. Descansar en medio del atafago del transporte o recuperar fuerzas para continuar la jornada; son varias de las consideraciones que le damos al “motoso”; saberlo disfrutar es dejarse abandonar y tener la confianza y la tranquilidad en el espacio público de que no va a pasar nada o disfrutarlo con descaro en la intimidad del hogar.

  • Mamá e hijo.. abandonados en los brazos de Morfeo.
  • Cuando era niño…
  • Peligroso motoso de una familia exhausta en unasSala de espera.
  • Recuperando fuerzas.
  • Sueño al Jardín.
  • Soñando y transmitiendo en directo vía Microondas.
  • Siesta al Parque.
  • ¿Bajando la guardia señor Agente..?
  • Yo también me echo mis Motosos.

Aceras "estampadas"

Espacios Pachopardo

El hombre, como animal y especialmente irracional, le gusta dejar sus “improntas”, marca su territorio con “esto es mío” o “aquí estuve”, algunos usan las paredes y murallas, el papel del canalla para dejar sus mensajes, con navajas o marcadores desnudan su alma y colocan sus aberraciones en letrinas públicas o escritorios escolares, otros navegando en el sopor del amor cruzan puñales clavados en el corazón y dejan en troncos y pencas su nombre y el de la enamorada (o) de turno; otros más detestables los fanáticos deportivos y los eunucos políticos llenan paredes, postes, andenes, etc. con sus siglas amenazantes de sus agrupaciones y sugerencias amenazantes de apoyo a fulano o a sutano; los medios de comunicación han dado espacio con sus foros a comentarios apasionados y desobligantes que se esconden en el supuesto anonimato de la I.P. para canalizar odios, resentimientos y pasiones…

Pero hoy quiero mejor referirme mejor a una ya perdida forma de impronta, que tiene especiales y bellos ejemplos en los andenes desconocidos de muchas ciudades y pueblos, cuando alguien con paciencia e ingenio estampa en el concreto un “esto es mío”.

Acera del edificio “El Sol”, Usaquén, Bogotá:

Aceras en locales comerciales, Usaquén, Bogotá

Con “malicioso” ingenio que ha podido ser mejor, “Cerrajería Popular”, Ubate, Cundinamarca.

Figuras en piedra, Chia, Cundinamarca

De veletas y otros vientos

Debo confesar que como Arquitecto he querido, desde siempre, colocar en la parte alta de mis proyectos una veleta, artefacto para muchos inútil y costoso en estos días de GPS.

– Además “¿para qué sirve saber si el viento va para el oriente o para el sur?”, me han respondido mis clientes.

Olvidan ellos que más que indicar la dirección del viento la veleta es una impronta personal, una marca de identidad del dueño y su lugar. Viendo lejanas veletas se habla de un oficio, de las aficiones y gustos del propietario; se sintetiza en alguna manera una referencia de algún incidente más anecdótico que histórico; se puede hablar de blasones y gloriosos abolengos -a veces comprados u otras veces convenientemente ocultados-.

En nuestra clase política, muchos municipios por ejemplo, el país entero estaría mejor si supieran algunos personajes cuál es el Norte, y pudieran trazar en referencia el rumbo que quieren seguir. Calibrar la veleta parece sencillo pero debe suponer algo de lastre (peso en la cola) para que no se acelere y gire calmadamente según el viento y no comience como ciertos alcaldes a girar desesperadamente… hasta salirse de su eje.

Sigo esperando que alguien se anime…

La memoria de los espacios

Todos tenemos “Memoria Espacial”. En algunos se desarrolla más por oficio o aficiones; muchos, añoran en sus recuerdos la casa vieja de los abuelos y todos aquellos espacios en que fueron felices o donde incluso sufrieron, es borrosa su visión global del espacio, se esfuman partes y se detallan cosas que pueden ser sin importancia para otros; hay olores, texturas, sonidos que son parte del tesoro o del lastre de la Memoria Espacial. A veces la memoria se convierte en un “Déjà vu” un afirmar en el presente que ya se estuvo allí, que ya se conocía ese lugar, así la realidad le diga que es imposible porque nunca había viajado hasta allí.

La Memoria Espacial la desarrollamos más por observación, por fijarnos en los detalles en entender y relacionar los distintos espacios con un recorrido, con una secuencia a veces esa Memoria Espacial esta en ceros en el odómetro mental. De vez en cuando, a un nuevo grupo de estudiantes y a unos amigos, me gusta hacerles un simple y pequeño test: ¿cómo llegaron al espacio en donde estamos reunidos? Es increíble como muchas personas no recuerdan qué caminos han tomado en sus últimas horas, por dónde han pasado y cómo lo lograron. Hace años a un grupo de estudiantes les hice el test y les pedí que me hicieran un mapa, esquema o relato de cómo habían llegado desde su hogar hasta el aula de clase; tristemente solo uno de 35 alumnos sabía por dónde había deambulado, el resto solo se acordaban de haber salido de su casa, algunos tenían dudas sobre si alguien los había recogido o habían tomado un transporte público o habían sido teletransportados desde su casa a la Universidad, y ya en ella, cuál había sido su ruta de llegada al salón; lo más doloroso para ellos era que estudiaban “Geografía Urbana”. “¡Se imaginan a Américo Vespucio o alguno de nuestros conquistadores que simplemente aparecieron!”, les decía. El héroe de la jornada, que sí supo cómo había llegado, era un muchacho recién llegado a la ciudad, de su Sincelejo a la casa de una pariente que lo hospedaba y que le había indicado: “Sale de la casa “coge” a la izquierda derecho y a las cuatro cuadras hay una avenida… espera un bus azul que diga “Centro” y se baja tres cuadras después del puente (…)”.

La Memoria Espacial sirve para guiarse por las calles de las selvas de concreto de las ciudades, para buscar referencias -así sea uno nuevo en esas urbes o esté de paso-, para tomar nota de un hito, si es el caso de un edificio, una iglesia, de un comercio o de algo que lo oriente al regreso a su hotel o a su nuevo hogar. Jugar con esa capacidad de observación a veces es un lícito juego de los grandes almacenes que reubican de vez en cuando sus productos en las góndolas, para que los compradores al buscarlos vean otros productos, se antojen y compren. Hace días en una conocida cadena comercial recorrí varias veces sus pasillos buscando, me llegaba a un lugar y me devolvía porque sabía que en esa fila y en esa góndola debían estar, una sonrisa coqueta de una empleada que había visto mi desespero espacial, y que por orgullo de arquitecto no quería preguntar, me atajó y se ofreció a ayudarme.

– Me da pena señorita – le respondí – Pero es que… ¡se me perdieron los huevos!

Ella entendió que no eran los 3 huevos de Uribe y con otra sonrisa que sonaba a carcajada me indicó que junto a  las verduras estaban…