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Con las manos vacías

Por Alberto Mejía Vélez

Había llegado otro amanecer y sabía cuál iba a hacer la rutina durante el día. La esposa enrollada en las cobijas le daba la espalda abrazada por el sueño. Tan cerca que casi lo podía tocar, estaba el hijo tan desligado a la realidad; pero era este el motivo de su lucha por hallar un trabajo.

Arreglado decorosamente y después de unos sorbos de aguadulce, salió a encontrarse con la vorágine de la ciudad. Economizaba el pasaje al centro, pues caminando podía encontrar en el recorrido algún aviso en que se dijera que necesitaban trabajador; no le importaba un carajo cuál fuera la ocupación, la situación no era para escoger o mostrar el título adquirido y que un día le hizo creer que jamás llegaría a tener efugios.

En el recorrido aguzaba la mirada como un felino tratando de hallar entre el remolino de caminantes, el rostro de un amigo de infancia al que la suerte lo hubiese encumbrado y lo acogiera; o algún compañero de estudios que el esquivo destino le hubiera brindado una buena oportunidad.

Llegado hasta las moles de cemento que ensombrecen y muestran la ostentación del hombre, se sentía aún más perdido y olvidado. El dinero corría a manos llenas en los últimos pisos hasta dónde él no podía llegar y su voz era apagaba por los ruidos estrafalarios de una ciudad egoísta.

La tarde llegaba en un día igual a los demás. Cansado, palpó los bolsillos encontrando lo justo para comprar, en la chaza, un cigarrillo y un ‘tinto’, para sentarse en una banca a contar las monedas que lo llevaría a casa, y de nuevo, con las manos vacías.

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"Mija, deme un ‘tintico’, manque no sea de empaque"

“Sigo mijo colaborando con las ‘montañeradas’; usted bien sabe que mis ancestros vienen del morro y jalda abajo rodaron hasta llegar a un inconforme citadino”. Alberto Mejía Vélez

Por Albero Mejía Vélez

Mija, no se ponga hablar bobadas porque nosotros no somos cosecheros de café. Recuerde que son unas maticas que nacieron junto a la quebrada, por allá cerca al platanal. Que crecieron por milagro para ayudarnos a levantar estos buchones y para que no nos falte el bastimento.

Mija, el compadre me dijo que ya los caficultores se han ‘modernizao’, tuestan y muelen los granos y los empacan en bolsas con nombres raros dizque para darle postín, ¡quién sabe qué vaina es esa! Y que un señor con mula,  sombrero, mulera y carriel lo lleva por ‘tuíto’ el mundo diciendo que es de Colombia y que muchas ‘culifruncidas’ y monos de las ‘extranjas’, se relamen y dice: GOOD.

Amantina, mija, la gallina cocotera está culeca, mañana ‘tuérsale’ el pescuezo, que ya voy arrancar yucas, arracacha y bajar un gajo de plátanos para un sancocho. Antes de irme, deme un ‘tintico’, manque no sea de empaque; ‘ansina’, como a yo me gusta.

Foto: miniatura de una despulpadora de café.

Me voy a hacer dinero, parte 1

En foto: Restaurante Red Coach, Norwalk Con. 1973.

Por Alberto Mejía Vélez

La cosa no se veía bien en este encierro de montañas. Le entró el cuento que por las ‘extranjas’ corría el dinero al igual que baba de bobo. El consulado de los gringos, sin mucha pendejada, le entregó la visa; el cónsul –lo más querido él- dijo todo enredado: “feliz estadía en mi país”. Llegó a la casa diciendo que ahora serían ricos como uno de los Echavarría.

El avión de Aerocóndor se elevó por encima de las nubes, en ese momento inició el vacío en el corazón y un temblor en las extremidades inferiores. Él, no se había montado nunca en esos aparatos y menos para irse tan lejos. La gana de dinero le daba fuerzas y aunque quisiera hacer sonar el timbre para bajarse ya no podía. Al notar que las hermosas azafatas no estaban seguras, le preguntó a una el porqué; respondieron que se trataba su primer vuelo internacional. ¡Pobrecitas, ojalá no tengan tantas ganas de orinar como yo!. Eso de pasar de montar en tranvía y carros de escalera, todos por tierra, a estar encaramado a semejante altura, no sólo da ganas evacuar líquidos, sino algo más grueso.

Estaba absortó mirando la magnitud del espacio y su cerebro igual que una registradora, en que pasaban dólares, cuando la voz del capitán, empezó a decir que estábamos sobrevolando la ciudad de los rascacielos y próximos a aterrizar. Cuando estaba en lo alto de la escalera de descenso, miraba con ojo de águila por cuanto lugar, escrutando los sitios en que estaban arrumados los billetes para ir recogiendo. Nada de nada. Sintió cómo un vacío al no ver la opulencia que se le había comentado y empezó a tener temor. El resto del cuento, quedará para otra oportunidad, ¿Ok?

Mijo, vusté tampoco sopla

Pedro y Petra, llevan muchos años de estar casados. El tiempo ha hecho que vivan como si fueran hermanos, tanto, que lo que siente el uno ya estaba dando vueltas en la cabeza del otro. Les gusta las mismas chucherías: confiticos de menta, galletas de crema, bizcochos tostados -de esos de paquete-, conos, paletas.

Se organizan los fines de semana o días festivos, para dar un paseo por la ciudad, ¡claro que no muy lejos!; sienten temor por aquello de la inseguridad. Ella, se pinta los labios con recato: un poco de rubor en las mejillas, casi imperceptible, y se acomoda su bata mientras Pedro deja ver su canicie, ya que hace tiempo botó el sombrero. Pantalón de dril y camisa blanca de cuello almidonado y listos para salir. Al pasar por la plazuela, Petra se antoja del ‘raspao’ que un vendedor callejero les ofrece. ¡‘Vusté’, siempre tan antojada! ¿no mija?. No siás tan amarrao, ole Pedro. Al escucharse, en el reloj de la iglesia, las cuatro campanadas, se toman de las manos para el regreso. Petra, mira que en una caneca de basura se ha tirado un ventilador por inservible y con marrulla de mujer, le dice: mijo, vusté tampoco sopla.

¿Será que volveremos?

Como cada semana, Alberto Mejía Vélez nos trae sus letras, unas letras que esperaban en unas hojas encuadernadas, impresas con letra de máquina de escribir. Otras historias, nacen del creativo ejercicio de ver una foto y esperar qué sale.

Por Alberto Mejía Vélez

Formarse y enumerarse de izquierda a derecha. El cielo estaba casi azul con pequeñas nubes blancas. El rotor del helicóptero había iniciado el movimiento giratorio. Un grupo de hombres uniformados estaban a la espera; mientras, se santiguaban, algunos de ellos con cara de niño. Con dificultad sacaban el pañuelo para borrar del rostro la lágrima furtiva y no mostrar a los compañeros el miedo que los embargaba.

En el grupo se encontraban también jóvenes de extirpe campesina que, en ese instante, recordaban: el surco lleno de hortalizas, el caballo galapero que lo conducía los domingos a la misa del Padre Julio, las canecas arrugadas por el uso a donde vaciaban la leche de la Lunareja o de la Cachi Mocha, las vaquitas que tanto amaba; pensaban en sus viejos, que nada sabían de guerras. La única arma era la camándula para el rezo vespertino, el azadón que recogía la tierra para el arado, el machete para cortar la maleza. Llegó al encuentro de la memoria, el llanto de la madre cuando fue sacado de la parcela para servir a la patria y la confusión del anciano padre, que veía en él, la prolongación de la estirpe. Aún escuchaba los ladridos de Coronel, el perro sin raza, que lo acompañaba a todas partes, en especial, a las cristalinas aguas de la quebrada en la que los dos retozaban alegremente y sin temores.

El aparato estaba tomando altura; ya no había retroceso. Las miradas se perdían en el infinito. Abajo estaba todo de color verde, ese que brinda la manigua con sus sonidos extraños colmada de animales agresivos y venenosos, dispuestos a defender el territorio. Alguien con una insignia, que lo hacía superior les dijo: “No olviden lo enseñado. Si quieren regresar…”.

Un libro extraño y valioso: Lucila González de Chaves

Por Alberto Mejía Vélez

Carlos, el siguiente, es un texto que encontró mi hijo Luis Fernando. Quiero que lo conozcas. Tú libro ha puesto a pensar a más de uno; entre esos, me encuentro. Tomado del blog de doña Lucila González de Chaves.

Un libro extraño y valioso:
“EL COLECCIONISTA DE CARTAS”
(Cartas de amor y otros temas, recogidas por la calle”)
Autor: Carlos Mario Múnera (Un colombiano periodista, docente y escritor)
———————-
Este libro es como “un concieto a cuatro manos”: de un lado, las cartas recogidas en diferentes lugares de Medellín, y de otro, los comentarios, análisis y aclaraciones del autor.
Una abuela induce a un niño a recoger del piso y a guardar cuantas cosas encuentran a su paso, durante sus largas caminatas. Ese niño recaudador de “cosas” es hoy un recolector y coleccionador de cartas, CARLOS MARIO MÚNERA, autor del extraño y valioso libro al que nos referimos.
Se trata de papelitos partidos, arrugados y recogidos aquí y allá y que el autor reproduce fielmente y, por lo tanto, conservan las peculiares formas ortográficas,  sintácticas y terminológicas. En muchas de esas cartas faltan partecitas que, en su recolección, el autor no pudo encontrar.
Esos retazos de “cartas plebeyas” llevan al autor a afirmar que: “Hoy medito en los amores populares y compruebo  que todos somos iguales, que la asfixia de muchos es la misma, que todos los corazones tiñen hojas y hojas de pasión. (…) El corazón estalla sincero sin que le mortifique una tilde o la V por B; el corazón no sabe de zetas, ni le teme a las curvas de la ese: el corazón se equivoca solo por dentro”.  P. 16
“Esta urbe que habito es una amalgama de manifestaciones estéticas y discursos coloridos en las bancas de los parques, (…). Es la ciudad de trabajadoras hormigas  de salario mínimo, es la grosera y opulenta que ignora la vida más allá de sus verdes murallas, es ella, somos todos. Nacidos de entrañas y de sangre indefensas, mellizos todos. (…)”.  Pp. 39, 40
¿Cómo reconstruye el autor las notas que va encontrando, partidas siempre y, a veces, en cincuenta y tres o más pedacitos? Él nos lo explica: “Pinzas, pegamento, lupa, un punzón, tapas de gaseosa y una tabla de base son las herramientas que tengo destinadas para mi labor (…)”. P. 56
Y el más grande reto: reconstruir una carta partida en ¡ochenta y dos! fragmentos recogidos en Bello (Ant.) y que empieza diciendo: “Mi amor, Te extraño. Estoy muy triste (…)”.
A propósito, invito a mis lectores a reflexionar sobre esta afirmación del autor del libro, consignada en la p. 82: “(…) si el destinatario rompe la carta, ese acto puede hablar de su locura furiosa, de su negligencia por la escritura, de su crueldad con el ser amado (…). Si la arruga, quiere decir que no le presta importancia, su arrogancia o descaro lo declara inocente. Si la bota al suelo, sin duda alguna es desprecio, tal vez ultraje. Si la carta es rota en cientos de pedacitos entonces allí hay amor, desde luego ofendido, lo hay sin equívocos, aún respira, aunque sea por la herida; pero también hay rencor, deseos de venganza, que es la forma más violenta y última del amor”.
¿Por  qué recoge los fragmentos de cartas? Leamos ese porqué: “Yo recojo… esas cartas del suelo (…) y las preservo para que la posteridad conozca y juzgue la actuación de otros corazones; las exhibo aquí (en su libro) para que otros sean testigos conmigo de los atardeceres del corazón en la vida de los demás (…)”.  P.  108
Al darnos la bienvenida a “esta antología de historias rotas”, el autor nos invita también a asomarnos al corazón de otros que palpitan en ritmos diferentes” y esas palpitaciones expresadas en las reconstruidas cartas, de las cuales transcribo partes, son de:
Amor:
“Quiero decirte tantas cosas que difícil me sale la primera .Quiero contarle cuanto siento su presencia y cuan quisiera que permaneciera compartiendo mis espacios….”. (Recogida en la estación del Metro, Madera). P.  11
“Amor me ha traicionado el corazón, Perdóname, Yo crei que en esta terrible lucha entre mi orgullo y el amor que siento por ti triunfaría el  orgullo. Me he engañado…” (Recogida en Bello).  P. 18
Desencanto:
Mi traición escribo  esto porque tengo rabia y mucho dolor en mi corazón gongora el que ama con el corazon ayer después de que yo me jui para la sede…”  p.  26
Amistad:
“hola ¿como estas? Espero qué bien Meli quiero que seas mi amiga y si pasamos a 5º jutas en el mismo salón…”  p. 28
Ira y despecho:
“querido y estimado amigo mio espero te encuentres bien… tu tienes muchos ostaculos para estar conmigo tu crees que esta bien hecho lo que me hiciste dejarme esperando el sábado bestida y alborotada…”  p. 30
Reclamos severos:
“esta es con el fin de ponerle final a este problema es para comunicarte…. Es que yo observo que tu como profesor nos has dado mucha larga y has sido muy condisendiente con nosotros los indisiplinados…” (recogida en Amagá) p. 42
Gracias y adiós:
Gracias por permitirme haver estado a tu lado todo este tiempo, por dejarme tantas enseñanzas que poco a poco he ido aplicando en esta absurda cohexistencia…”  (Recogida en Las Cabañitas). P. 43
¡La verdad!
“Ovidio: nunca había conocido a un hombre tan mentiroso como usted que vive muy mal con Martha y duerme en la misma habitación con ella… es muy bueno uno darse cuenta de las cosas por eso no vuelvo a confiar en usted yo me pregunto que estoy haciendo con usted…” (Recogida en Las Cabañitas). P. 45
Regalo de amor y amistad:
Hoy estoy muy pobre con cariño tu amigo secreto”.  P. 53

Y en la página 127, el autor sintetiza así una grave situación:
“Sexo y drogas son el denominador común en algunas notas recogidas en las afueras de los colegios o universidades; diálogos a manera de chats no virtuales; hojas de cuaderno que van pasando de mano en mano entre los participantes de estos coloquios juveniles, conversaciones secretas a espaldas de maestros inocentes, o quizás conscientes de la situación pero atados de manos en su proceder ante la agilidad felina de los jóvenes de hoy día para escabullir esos materiales comprometedores”.
Lucila González de Chaves
Junio de 2012

Viaje al cielo de Crescencio Sánchez

Los dejo con una nueva historia de Alberto Mejía Vélez, colaborador permanente del blog y persona de harta sensibilidad y sencillez.

Por Alberto Mejía Vélez: Habitación 425 de alguna clínica. Compartida por dos pacientes que esperan sanidad. Uno de ellos es una mujer entrada en años de raza negra, a quien se le estaba deteriorando el corazón ¿Sería de tanto amar a su Chocó o quizás la devoción a su negro del alma? A su lado está el esposo; y al otro lado junto a la ventana, su nuera.

Crescencio Sánchez, esposo de la paciente, haciendo honor a su raza, es parlanchín. Sin pensarlo empezó a narrar su “viaje al cielo”: “Había mucha gente haciendo fila por un camino como de un metro de ancho, lleno de flores a ambos lados. No conocía rosas de diferentes colores adheridas a un solo tallo. Llegamos a un gran salón hermosamente iluminado con una claridad que cegaba. Se escuchaba una música que regocijaba el corazón. El piso era igual que el cristal; al caminar daba reflejos. Los que ya estaban allí, se encontraban en fila perfecta, los brazos extendidos a las alturas; todos postrados de rodillas. El salón era muy grande y cabían muchas personas. Nadie hablaba, todos miraban al frente. Al fondo existía una inmensa pared iluminada con mayor fortaleza, en la que unos bellos angelitos daban vueltas alrededor de un anciano vestido de un blanco resplandeciente en el que se descargaba una abundante barba. Él, estaba sentado en un inmenso trono hecho de nubes tan blancas como sus vestiduras”.

Era amena su conversación y la narrativa llevada con ahínco. Posaba la mirada con cierto hálito de malicia, que enmarcaba en una tenue sonrisa. Estábamos atentos esperando que continuara una historia que brotaba de la imaginación de un ser sencillo y humilde, lleno de devoción. Él, seguramente, estaba en ese momento adentrándose en oración, por los lugares desconocidos en busca de la cura para su compañera de vida. Por desgracia, no pudimos conocer el final; llegó la enfermera al 425 y nos hizo retirar…